Marco Aguilar
Hay imágenes que dicen mucho más que cualquier discurso.
El pasado sábado, la Plaza Vasco de Quiroga -el corazón histórico de Pátzcuaro- volvió a convertirse en escenario de una actividad que poco tiene que ver con la vocación de un espacio patrimonial: automóviles deportivos, motores, estructuras publicitarias, banderas y una multitud alrededor de una pista improvisada en pleno Centro Histórico.
Y al frente de todo ello, el presidente municipal, Julio Arreola, dando el banderazo de salida.
No es un detalle menor.
El propio alcalde publicó que los pilotos llegaron “a competir por nuestras calles” y celebró “todo el movimiento en el Centro Histórico”, concluyendo que con estos eventos “gana el deporte, gana el turismo”.
Pero la pregunta es inevitable:
¿Realmente gana Pátzcuaro?
La Plaza Vasco de Quiroga no es una explanada disponible para cualquier espectáculo que pueda atraer visitantes. Es un espacio histórico catalogado, integrado a la Zona de Monumentos Históricos de Pátzcuaro y reconocido dentro de los atributos que sustentan la propuesta de la ciudad ante la UNESCO.
Y existe algo todavía más preocupante: la propia planeación urbana municipal establece que la estrategia cultural del Centro Histórico debe conservar el patrimonio y restringir los usos indebidos del espacio público, particularmente en la Plaza Vasco de Quiroga.
Entonces, ¿de qué sirve elaborar diagnósticos, planes, expedientes y discursos sobre conservación si, en la práctica, la autoridad municipal hace exactamente lo contrario?
Un Plan de Manejo no puede ser un documento para cumplir un requisito administrativo y después guardarse en un cajón. Un patrimonio vivo tampoco puede administrarse según la ocurrencia del día, la oportunidad política o la promesa de que cualquier evento que genere movimiento necesariamente beneficia al turismo.
No todo turismo es buen turismo.
Pátzcuaro tiene una vocación particular. Muchos de sus visitantes no vienen buscando el ruido, los motores, las concentraciones multitudinarias ni la espectacularidad de una ciudad convertida en escenario. Vienen precisamente por lo contrario: por la tranquilidad, la escala humana, la arquitectura, la memoria, el paisaje, las tradiciones y esa atmósfera que las grandes ciudades han perdido.
Incluso el argumento de que estos eventos benefician automáticamente a hoteles, restaurantes y comercios merece ser revisado. ¿Dónde están los estudios que demuestran ese beneficio? ¿Dónde está la evaluación de sus costos sobre movilidad, patrimonio, espacio público, residentes y visitantes? ¿Dónde está la participación de la comunidad?
Porque una ciudad patrimonial no puede ser gobernada únicamente desde la lógica de “si trae gente, entonces es bueno”.
Y aquí aparece una responsabilidad que no puede diluirse entre funcionarios, organizadores o patrocinadores.
Quien gobierna decide qué ocurre en el espacio público.
Por eso, el alcalde no puede aparecer únicamente como espectador de estas decisiones. Si encabeza el evento, da el banderazo, lo celebra públicamente y presenta la ocupación de la plaza como un triunfo para Pátzcuaro, entonces también debe asumir la responsabilidad política y patrimonial de lo que ahí sucede.
El problema no es un rally.
El problema es no entender que existen lugares y actividades que simplemente no son compatibles.
Una ciudad histórica no se protege prohibiendo la vida contemporánea. Se protege estableciendo límites, criterios y prioridades. Se trata de saber qué puede ocurrir, dónde puede ocurrir y qué no debe ocurrir precisamente porque existe algo que debemos conservar.
Pátzcuaro lleva años hablando de Patrimonio Mundial.
Pero mientras se pretende convencer al mundo de que somos capaces de conservar nuestro patrimonio, aquí seguimos demostrando que ni siquiera somos capaces de respetar la vocación de nuestro principal espacio público.
La UNESCO no necesita que Pátzcuaro le diga que ama su patrimonio.
Necesita encontrar una ciudad que lo demuestre.
Y esa demostración comienza mucho antes de cualquier declaratoria: comienza en la manera en que un gobierno entiende, administra y respeta la ciudad que recibió en custodia.
Porque la Plaza Vasco de Quiroga no es una pista de carreras.
Y Pátzcuaro tampoco es un escenario disponible para todo aquello que pueda confundirse con turismo.
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#Pátzcuaro
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