Marco Aguiar
Antenoche robaron el Templo del Sagrario, en pleno corazón de la ciudad. Un inmueble clave del Centro Histórico, el mismo que fue inscrito por la autoridad en el expediente para obtener la Declaratoria de Patrimonio Mundial de la UNESCO.
¿Cómo es posible que, en el centro mismo de Pátzcuaro y en un edificio con semejante valor histórico, se vulnere así su integridad sin respuesta inmediata ni protocolos claros? ¿Dónde están el sistema de protección, la vigilancia, las cámaras, el inventario básico de sus bienes muebles? ¿Dónde están las instituciones que dicen salvaguardar nuestro patrimonio?
La verdad es que, salvo tres inmuebles —el Museo de Artes y Oficios, la Basílica y el Centro Cultural Antiguo Colegio Jesuita—, el resto del patrimonio edificado en la ciudad permanece sin medidas mínimas de protección.
Y los hechos lo confirman: no hay inventarios completos, ni sistemas de videovigilancia funcionales, ni una estrategia común de prevención.
La seguridad del Patrimonio Cultural, tanto mueble como inmueble, es deficiente, por no decir inexistente. Este robo no es un hecho aislado: la destrucción, el saqueo, el abandono y el tráfico de bienes culturales han sido frecuentes. Algunos vienen de fuera… otros, lo más grave, desde dentro.
Pátzcuaro se ha convertido en un escenario turístico donde todo se explota, pero casi nada se cuida. Se sobreutiliza la imagen del Centro Histórico, pero se deja en el abandono lo esencial: su contenido, su historia, su alma.
Hoy fue el Sagrario. ¿Mañana cuál será? ¿Qué otro símbolo caerá en manos de la omisión institucional, la negligencia y la impunidad?
No se puede aspirar a ser Patrimonio Mundial cuando ni siquiera se protege lo que ya se tiene.
Y no se protege lo que no se conoce ni se respeta.