Una plaza escenificada: poder, simulación y propaganda en Pátzcuaro

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Marco Aguilar

“En tiempos de simulación, hasta las plazas se convierten en teatros del poder”.

La Plaza Gertrudis Bocanegra no fue simplemente el punto de partida de una obra pública. Fue el escenario cuidadosamente montado de una puesta en escena política que revela más sobre el estilo de gobierno que sobre el futuro de la ciudad. Gobernador, alcalde y secretarías participaron en una ceremonia donde el lenguaje fue emotivo, la historia tergiversada, los datos manipulados y el patrimonio cultural reducido a fondo decorativo de un acto de propaganda.

Una escenografía del poder

El evento no fue un acto técnico ni institucional. Fue un montaje político.

Se colocaron lonas, se mostraron láminas con renders y un plano explicativo simplificado, sin valor técnico real. No se compartieron memorias descriptivas, planos arquitectónicos ni documentos estructurales. Se anunciaron fechas de entrega, pero sin revelar cronogramas formales, responsables técnicos o mecanismos de supervisión.

Todo fue presentación visual sin contenido verificable: narrativa sin sustento técnico, pero con altísima producción simbólica.

Permisos entregados en escena: legalidad escenificada

Hasta el 18 de julio, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) sólo había otorgado un permiso para trabajos preliminares, no para una intervención integral en una plaza histórica. El permiso definitivo se entregó durante el acto, en público, como parte del guión del evento.

Ese gesto —entregar un permiso el mismo día del banderazo— es una simulación: se escenifica el cumplimiento legal, cuando en realidad el proceso se había invertido. Las decisiones se tomaron antes, el discurso técnico se improvisó, y la legitimidad institucional fue subordinada al espectáculo político.

Discursos: de la frivolidad a la autopromoción

El orden de los discursos dejó claro el guión escénico.

Julio Arreola, el alcalde, ofreció un mensaje lleno de lugares comunes y frases sin sustancia. Habló de “transformación con participación ciudadana” como una forma de justificarse, y llamó a Pátzcuaro “magia que se comparte”, en una línea más turística que política.

Gladyz Butanda, titular de la SEDUM, desperdició la oportunidad de dar una explicación técnica. Su discurso fue el de un folleto institucional: habló de “restauración” cuando se trata de una rehabilitación; usó la historia de Gertrudis Bocanegra como justificación simbólica; y cerró con una frase que buscaba capitalizar políticamente el evento: “para los que dicen que las mujeres no pueden gobernar un Estado”. Su protagonismo fue descarado.

Tamara Sosa Alanís, secretaria de Cultura, fue mesurada y concreta. Marco Antonio Rodríguez Espinoza también cumplió con sobriedad.

Finalmente, el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla improvisó con ligereza y habló como si él fuera el Estado: al recordar que el alcalde le dijo que no tenía dinero para el mercado, respondió: “no te preocupes, yo lo pongo”, como si los fondos públicos fueran propios. Llamó a Gladyz “la revelación del gabinete” y una de sus “mujeres maravilla”. Agradeció al titular del INAH, celebrando que ahora es INAH y “ya no INO”, burlándose del rigor institucional. Mostró desconocimiento del patrimonio al referirse erróneamente al Chac Mool, y agradeció a la secretaria de Cultura por hacer que “la UNESCO volteara a vernos”.

Todo el discurso evidenció una visión empobrecida y patrimonialista de la historia: dijo que el mercado estaba en ese sitio “desde hace siglos”, cuando en realidad fue trasladado ahí en 1939; y calificó a Pátzcuaro como “joya colonial”, borrando de un plumazo su raíz indígena y su dimensión mestiza.

La técnica, subordinada a la imagen

Aunque se sabe de la presencia de una arqueóloga desde el inicio del proceso —lo que implica que se anticipó una posible afectación al subsuelo—, no se ha hecho público ningún informe arqueológico, preventivo o diagnóstico. Tampoco se ha presentado un estudio de imagen urbana ni análisis de compatibilidad con los valores históricos del sitio.

Todo indica que las decisiones técnicas fueron reducidas a fichas ilustrativas: el poder no pidió estudios, pidió justificaciones.

El patrimonio como utilería del poder

Invocar la candidatura de Pátzcuaro a Patrimonio Mundial para justificar esta obra es una manipulación. La UNESCO no exige obras de embellecimiento, sino autenticidad, integridad, participación social y marcos legales sólidos. Nada de eso estuvo presente el 18 de julio.

El gobernador, su gabinete y los aliados políticos han usado el patrimonio como escenario, no como legado. Han confundido la plaza con un foro, la restauración con maquillaje, y la memoria con mercancía.

Conclusión: no fue un arranque de obra, fue una declaración de estilo

Lo que ocurrió en la Plaza Gertrudis Bocanegra no es menor. Es una declaración pública de cómo se ejerce el poder:

Primero el espectáculo, luego la legalidad.

Primero los discursos, después los proyectos.

Primero la imagen, jamás la sustancia.

Pátzcuaro no necesita más actos para la galería.

Necesita verdaderos procesos técnicos, respeto por su historia, instituciones que no se dejen usar como telón de fondo, y una ciudadanía informada, capaz de exigir otro tipo de transformación: la que no se finge, la que se construye con verdad.