Pátzcuaro, el encanto de lo inacabado (2/3)

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Marco Aguilar

“Una obra de arte nunca se termina, sólo se abandona”. Leonardo da Vinci

Si en las ruinas reconocemos la fascinación de la memoria y la fragilidad, también es posible acercarnos desde otra dimensión: la estética de lo inacabado y lo rústico. Personalmente, encuentro afinidad en corrientes como el primitivismo o el brutalismo, donde la sencillez y la crudeza de los materiales revelan algo esencial. En ellas, la forma surge del contenido, y lo genuino se expresa sin adornos superfluos.

En Pátzcuaro ocurre algo semejante. Lo viejo, lo desgastado, lo que lleva cicatrices del uso tiene un aire de autenticidad que resulta atractivo para visitantes y locales. Una mesa gastada por décadas de comidas familiares, una puerta cuarteada que aún resguarda silencios, una fachada que no oculta el paso del tiempo: todo ello transmite historia y pertenencia.

Sin embargo, esta búsqueda de lo auténtico ha tenido un costo. La fascinación por lo antiguo derivó en un prolongado saqueo cultural: piezas prehispánicas, coloniales e incluso de la época independiente fueron arrancadas de su contexto y convertidas en mercancías. Lo genuino, despojado de su sentido, se volvió escenografía. Aún hoy, persisten estas prácticas, disfrazadas de “anticuariado” o de ambientaciones comerciales que simulan historia donde ya no la hay.

El reto es claro: reconocer la belleza de lo simple y lo usado sin permitir que ese gusto justifique la pérdida o banalización de nuestro patrimonio. Lo auténtico no es sólo estética: es memoria, identidad y continuidad cultural. En Pátzcuaro urge comprender esta diferencia y actuar en consecuencia. Sólo así podremos conservar lo que nos da sentido y, al mismo tiempo, aspirar con legitimidad a que el mundo reconozca nuestra riqueza como Patrimonio Mundial.