Marco Aguilar
Pátzcuaro parece empeñado en ser un cuadro surrealista donde el descuido institucional se confunde con tradición. En una misma caminata pueden encontrarse pantalones colgando de cables como si fueran tendedero al cielo; un sofá desvencijado compartiendo espacio con una banca de cantera; un escenario monumental tapando la banqueta frente al Ayuntamiento; y, sobre la Plaza Vasco de Quiroga —protegida por decreto— un comercio improvisado, instalado por las fiestas patrias, que contradice el mercado construido para reubicarlo. Todo junto, todo al mismo tiempo, como si el patrimonio histórico fuera escenario de un experimento estético de caos organizado.
A primera vista, podría pensarse que todo es parte del folclor o de las fiestas patrias. Pero debajo de esa justificación se esconde un problema más serio: el desorden institucional y la normalización de la improvisación. Se construyó un mercado para reubicar al comercio informal, y sin embargo el comercio sigue ahí. Se elaboró un plan de manejo para proteger el Centro Histórico, y sin embargo los conciertos y estructuras masivas se montan sin permiso ni respeto.
La ironía no es menor: mientras el Ayuntamiento presume la candidatura de Pátzcuaro ante la UNESCO como “Sitio de Memoria Humanística y Confluencia Cultural”, ignora las recomendaciones expresas de ICOMOS en su visita reciente. Se compromete por escrito a preservar y ordenar, pero en los hechos la plaza se convierte en escenario de espectáculo, con árboles amarrados y banquetas obstruidas.
Podría verse como pintoresco o incluso simpático: surrealismo puro en medio del corazón histórico. Sin embargo, esta “normalidad” erosiona silenciosamente lo que hace único a Pátzcuaro. Si todo se vuelve espectáculo, ¿qué queda del sentido comunitario y del valor histórico?
Orden no significa prohibición ni asfixia cultural; significa respeto, planeación y cuidado. Significa poner cada cosa en su lugar: el tendedero en la casa, el sofá en la sala, el escenario en un recinto apropiado, no sobre un monumento histórico.
Pátzcuaro merece fiestas y también merece respeto. Merece color y alegría, pero no a costa de su memoria y su autenticidad. Porque de seguir así, el surrealismo se convertirá en un costumbrismo triste: el de una ciudad que perdió su orden y con él su esencia.
UNESCOUNESCO MexicoInternational Council on Monuments and Sites (ICOMOS)Icomos MxInstituto Nacional de Antropología e HistoriaCentro INAH MichoacánSecretaría de Cultura de MichoacánGobierno de Pátzcuaro