Basura sin control, riesgos sin límite: una advertencia ciudadana sobre el nuevo Mercado de Pátzcuaro

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Marco Aguilar

I. Introducción: construir no es lo mismo que planear

El nuevo mercado de Pátzcuaro, promovido como símbolo de modernidad urbana, abrió sus puertas hace apenas tres meses. Se trata de una obra ambiciosa en dimensiones —más de 16,000 m²— y saturada en su funcionamiento —con más de 1,200 puntos de venta, muy por encima de los 800 previstos originalmente—. Sin embargo, lo que podría ser un referente regional de comercio y orden público ha comenzado a mostrar signos de colapso anticipado.

Como arquitecto y ciudadano, no soy especialista en residuos ni en impacto ambiental. Pero basta recorrer los pasillos, observar el sótano, respirar los vapores grasosos, ver las terrazas inundadas o buscar sin éxito un bote de basura para saber que algo no está bien. Este texto es una invitación crítica, clara y directa a reconocer los errores estructurales en la gestión de residuos del nuevo mercado, antes de que se conviertan en daños irreversibles.

II. Un mercado sobredensificado y mal planeado

El conjunto se divide en dos edificios: el A, con tres niveles (artesanías, verduras, ropa, alimentos), y el B, con cuatro (sótano de carga y descarga, carnes, pescados, pollos, verduras, ropa y terrazas de comida). Entre ambos, una plaza abierta llamada Plaza del Volador aloja el trueque de productos dos veces por semana.

Pero el diseño espacial no fue acompañado de una planeación funcional. Y ahí comenzó el problema.

En todos los niveles y para todos los giros, no existe una gestión real de residuos. No hay separación, ni infraestructura adecuada, ni protocolos, ni capacitación. Lo más grave: todo fluye al mismo sistema de drenaje —pluvial y sanitario— que desemboca directamente en el río Guani, uno de los principales contaminantes del lago de Pátzcuaro.

III. Frentes abiertos: un diagnóstico crítico

1. Residuos sólidos

Los locatarios depositan la basura directamente en bolsas negras, que se trasladan a un camión de caja abierta estacionado en el sótano. No hay contenedores diferenciados, estaciones intermedias ni rutas formales. La basura se mezcla, se acumula y fermenta en condiciones insalubres.

2. Residuos orgánicos

Restos de comida, frutas, verduras, carnes y pescados se tiran sin control. No hay sistema de compostaje ni de aprovechamiento. En cambio, proliferan los malos olores, la presencia de vectores y la degradación ambiental.

3. Grasas y aceites

Las trampas de grasa instaladas en locales de comida no se utilizan correctamente. Nadie ha explicado su operación ni su mantenimiento. En las terrazas, los aceites se vierten directamente en las coladeras, lo que ya ha causado obstrucciones e inundaciones.

4. Lixiviados

El camión de recolección escurre líquidos contaminantes que caen sobre rejillas conectadas a la red pluvial. Estos lixiviados terminan en el río Guani y, con ello, en el lago de Pátzcuaro. Lo que se acumula bajo tierra acaba vertido en el agua.

5. Vapores y partículas

Las zonas de comida carecen de sistemas de extracción. Los vapores aceitosos circulan por pasillos cerrados o semicubiertos, contaminando el aire y afectando la salud respiratoria de trabajadores y visitantes.

6. Residuos peligrosos

Carnicerías, pescaderías y pollerías generan vísceras, restos biológicos, hielo contaminado y fluidos que requieren protocolos especiales. No hay contenedores adecuados, ni señalización, ni seguimiento.

7. Sin depósitos para usuarios

Ni dentro ni fuera del mercado existen depósitos de basura visibles y accesibles para el público. Esta omisión genera acumulación de residuos en escaleras, entradas y espacios comunes. Es un síntoma grave de la falta de diseño integral y responsabilidad operativa. La limpieza no puede depender sólo de barrenderos: necesita infraestructura, hábitos y lógica urbana.

IV. El gran olvido: el lago de Pátzcuaro

El río Guani, colector natural de aguas negras y pluviales, recibe ahora también residuos sólidos y líquidos del nuevo mercado. En lugar de alimentar al lago, lo contamina cada día más. La planta de tratamiento no opera en condiciones óptimas. Y lo más grave: no se realizó ningún estudio de impacto ambiental serio antes de construir esta infraestructura.

V. Casos que sí funcionan: aprendizajes necesarios

Municipios como Milpa Alta (CDMX) han integrado biodigestores comunitarios; en San Lorenzo Cacaotepec (Oaxaca) se compostea más del 50% de los residuos; y en mercados como La Merced (CDMX) existen separación, protocolos y registros.

Todos estos modelos son viables y replicables. Aquí, ni siquiera fueron considerados.

VI. Responsabilidades claras

La obra fue ejecutada bajo responsabilidad de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Movilidad (SECUM), dirigida por Gladyz Butanda Macías, sin contemplar mecanismos técnicos ni ambientales. No hubo consulta ciudadana ni revisión multidisciplinaria.

La Procuraduría de Protección al Ambiente de Michoacán (PROAM) debe intervenir de forma inmediata para evaluar los daños actuales y emitir recomendaciones técnicas con sustento legal. Esta situación amerita una revisión urgente y pública.

VII. Propuestas mínimas e indispensables

1. Retiro inmediato del camión del sótano, con recolección diaria en superficie.

2. Separación obligatoria de residuos: orgánicos, reciclables, sanitarios y grasas.

3. Instalación de estaciones de separación y contenedores diferenciados.

4. Capacitación a locatarios en manejo de residuos y trampas de grasa.

5. Contratación de gestores ambientales autorizados.

6. Revisión y reingeniería del sistema pluvial y sanitario.

7. Auditoría ambiental externa y dictamen de PROAM con carácter vinculante.

8. Instalación de depósitos de basura accesibles y distribuidos para el público general.

9. Campaña educativa visual y permanente sobre separación y responsabilidad compartida en la limpieza.

VIII. Conclusión: el tiempo se acaba

Lo que hoy es un problema funcional pronto será una crisis estructural. La basura no desaparece: cambia de forma, se infiltra, contamina, enferma. No podemos seguir construyendo infraestructura pública sin ética, sin técnica y sin responsabilidad ambiental.

El mercado de Pátzcuaro aún está a tiempo de corregirse, pero sólo si se reconoce el problema con seriedad y se actúa con decisión. Esta es una crítica constructiva y una invitación a pensar, como comunidad, en cómo queremos vivir… y en qué clase de ciudad queremos dejar como herencia.