Marco Aguilar
«Un pueblo que permite que su historia sea cubierta por láminas, termina perdiendo la esencia de su identidad».
El Templo del Hospitalito, del siglo XVI, no sólo es un inmueble de profundo valor histórico y cultural para Pátzcuaro, sino también un bien propiedad de la Nación. Sin embargo, su atrio se encuentra cerrado y cubierto para uso privado, con estructuras de lámina y lonas que simulan piedra, alterando gravemente su autenticidad y dignidad patrimonial.
Esta no es una crítica hacia la Iglesia Católica ni hacia sus feligreses. Es un llamado a comprender que la administración de los bienes históricos no puede reducirse a improvisaciones o intereses económicos. El artículo 27 constitucional establece que los templos y edificios religiosos pertenecen a la Nación, y la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público prohíbe expresamente su uso con fines lucrativos.
Pátzcuaro aspira a obtener la declaratoria de Patrimonio Mundial por la UNESCO, pero este tipo de intervenciones lo alejan de esa meta. La autenticidad y el respeto al patrimonio son principios irrenunciables en todo proceso de valoración internacional.
¿De qué sirven nuestras leyes si no se cumplen? ¿Cómo exigir reconocimiento global cuando permitimos el deterioro local?