Marco Aguilar
«Las calles empedradas fueron diseñadas con sabiduría; las calles de concreto, con olvido».
Este lunes por la tarde, Pátzcuaro volvió a experimentar encharcamientos e inundaciones que convirtieron sus calles en auténticos ríos. No es un fenómeno aislado, sino el resultado de una política urbana equivocada y repetida por varias administraciones: pavimentar con concreto o asfalto, sin considerar pendientes, topografía ni vocación histórica.
Del empedrado tradicional al asfalto sin sentido
Los empedrados originales eran de piedra pequeña a mediana, irregular, colocada en seco con la cara plana hacia la superficie. Su apariencia era rústica, pero su lógica impecable: se acomodaban con pendientes hacia el centro de la vía, permitiendo el escurrimiento, la permeabilidad del agua y el equilibrio con el suelo.
Junto con las techumbres inclinadas, que canalizaban el agua hacia patios y jardines, esta solución conformaba un sistema urbano integral, nacido del conocimiento local y de la adaptación al entorno. Esa lógica fue sustituida por una visión simplista del “progreso”: el concreto como símbolo de modernidad.
Consecuencias del cemento
La pavimentación rígida impide la absorción del agua, genera corrientes más rápidas, eleva la temperatura de la ciudad, debilita los muros de piedra y adobe, y facilita un tránsito vehicular más agresivo en pleno centro histórico. Lejos de resolver problemas, agrava los existentes y erosiona el paisaje cultural.
No sorprende que en la evaluación de la UNESCO ICOMOS, Pátzcuaro fue señalado negativamente por estas contradicciones. El discurso patrimonial choca con una práctica que destruye, poco a poco, aquello que se presume proteger.
Aprender de lo que funciona
En varias ciudades del mundo —de Barcelona a París— ya se está dando un giro: se reduce el concreto o asfalto, se recuperan materiales permeables, se crean calles peatonales y se reintroduce vegetación. Son decisiones que priorizan a las personas, al agua y al entorno, por encima de la lógica del cemento.
¿Qué necesita Pátzcuaro?
Más que discursos o candidaturas, urge una acción clara: retirar el concreto de sus calles y devolverles el empedrado, recuperando su sabiduría constructiva. Ese es el verdadero progreso: volver a lo que funciona, lo que respeta al patrimonio y lo que permite que la ciudad conviva con el agua en lugar de sufrirla.
El tiempo se agota
La tendencia destructiva lleva ya más de 80 años. Si no se toman decisiones prontas y contundentes, Pátzcuaro, como conjunto histórico patrimonial, puede perderse en apenas 20 años. El futuro de la ciudad no se juega en discursos internacionales, sino en el suelo que hoy se cubre de cemento y en el agua que ya comienza a reclamar lo que alguna vez supo fluir.
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