Marco Aguilar
“En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario.”
— George Orwell
Hay algo profundamente torcido en nuestra forma de entender la responsabilidad pública.
Cada vez que alguien señala un error del gobierno o una injusticia evidente, no se abre un diálogo: se levanta un muro.
El poder —y buena parte de la ciudadanía que lo acompaña— reacciona no con reflexión, sino con enojo. En lugar de atender el problema, se busca silenciar al que lo nombra.
Un ejemplo basta: un medio publica los altos costos de hospedaje en Pátzcuaro durante el Día de Muertos. La nota se difunde, la gente protesta, y en vez de corregir los abusos, la autoridad culpa al periodista por “dañar la imagen del municipio”.
Como si la verdad fuera el delito, y no la codicia que la origina.
El mercado municipal es otro espejo de lo mismo. Cada vez que se señalan los errores, las deficiencias, la desorganización o el abandono, muchos —entre ellos la propia autoridad— vuelven la mirada hacia el denunciante, no hacia la causa.
Se censura la voz que advierte, se desacredita al ciudadano que pregunta, se margina al que exige una explicación.
Y mientras tanto, el problema sigue ahí: visible, cotidiano, sin solución.
Hay una lógica perversa en este mecanismo: el poder ha aprendido a invertir el sentido moral de las cosas.
El culpable deja de ser quien actúa mal y pasa a ser quien se atreve a decirlo.
Es el viejo método del poder autoritario: callar al mensajero para que el mensaje se pierda.
Pero la raíz de este mal no está sólo en la autoridad: está también en nosotros, los ciudadanos, cuando aceptamos esa manipulación sin pensar; cuando confundimos crítica con traición; cuando preferimos la comodidad del silencio a la incomodidad de la verdad.
En el fondo, lo que está en juego es la salud del alma pública.
Porque una sociedad que castiga al que denuncia termina viviendo entre sombras: teme al espejo que la muestra, prefiere el elogio al examen y confunde la propaganda con la realidad.
Es tiempo de romper ese hechizo.
De volver a llamar las cosas por su nombre, de exigir sin miedo, de defender la palabra libre como la más alta forma de dignidad.
Porque sólo cuando la verdad deja de ser peligrosa, el poder empieza a servir al pueblo, y no a sí mismo.
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