Marco Aguilar
En el Centro Histórico de Pátzcuaro, la ausencia de botes de basura ha logrado lo que su presencia nunca consiguió: calles más limpias.
Durante años se señaló la necesidad de colocar botes en las calles aledañas a las plazas para que los peatones pudieran deshacerse de pequeños residuos. La intención era legítima: facilitar la limpieza y el orden. Sin embargo, la realidad fue otra. Bastaba que un nuevo bote apareciera para que, en minutos, se convirtiera en el contenedor improvisado de comercios y vecinos, acumulando bolsas y desechos que desbordaban su capacidad y daban un aspecto sucio a la vía pública.
Hace apenas unas semanas, estos botes fueron retirados. La reacción no se hizo esperar: peatones inconformes, comerciantes que alegaban perjuicio y voces que reclamaban su reinstalación. Sin embargo, el efecto fue inesperado: las calles se ven más limpias. Sin botes a la mano, los comercios se han visto obligados a hacerse cargo de su propia basura y los peatones, quizá por falta de una “opción fácil”, parecen más conscientes de dónde y cómo desechar sus residuos.
La lección es clara: no es suficiente colocar infraestructura si no existe un diseño que limite su mal uso. Un bote pensado para la basura peatonal no puede convertirse en el colector de todo un local. Se requiere un sistema inteligente, con mobiliario urbano que regule volúmenes, tipos de desecho y frecuencia de recolección. De lo contrario, la mejor opción podría ser no ponerlos, y exigir a cada actor —comercio, vecino o autoridad— que cumpla con su parte.
En esta paradoja, lo que parecía una solución terminó agravando el problema, y lo que parecía un retroceso terminó ofreciendo mejores resultados. Una lección urbana que recuerda que, en ocasiones, limpiar no es cuestión de poner más, sino de saber dónde, cómo y para quién.