Marco Aguilar
«Hoy, el centro histórico de Pátzcuaro no fue de sus habitantes: se cerró, se vendió y se convirtió en un negocio privado».
El viernes pasado, varias calles del corazón de la ciudad fueron bloqueadas durante ocho horas. El acceso al centro de la Plaza Vasco de Quiroga —donde la fuente y la escultura del obispo reciben a propios y extraños— quedó restringido. ¿El motivo? Filmar un comercial para una reconocida marca internacional de tenis.
El episodio podría parecer trivial para algunos, incluso un motivo de “orgullo” para otros que confunden proyección con dignidad. Sin embargo, el hecho es simple y preocupante: el espacio público, que pertenece a todos, fue privatizado temporalmente para el beneficio de unos cuantos, sin explicación ni cuentas claras por parte del alcalde.
En cualquier ciudad que se tome en serio su historia, la imagen de un personaje como Vasco de Quiroga —símbolo de justicia, educación y comunidad— no se presta como telón de fondo de un negocio. Aquí, en cambio, se ha convertido en mercancía. Se vende el escenario, se cobra la vista, se arrienda la memoria.
Quizá sea yo quien vive anclado en valores pasados, porque no he visto una sola voz pública que cuestione esto. Tal vez ya estamos tan acostumbrados a que el patrimonio se explote sin escrúpulos, que confundimos el abuso con un espectáculo más para consumir en redes sociales.
Pero hay algo que no debemos olvidar: cada vez que se cede un espacio histórico al mejor postor, no sólo se vulnera el presente, se hipotecan también las posibilidades de que las futuras generaciones lo reciban íntegro. Y ese es un precio demasiado alto por un puñado de segundos de publicidad.