Marco Aguilar
“Un muro descuidado no es sólo una pared pintarrajeada: es el espejo de una ciudad mal gobernada”.
En pleno centro histórico de Pátzcuaro, a escasos metros de la Pila del Torito, la calle de La Paz ofrece hoy un rostro preocupante: muros grafiteados, fachadas descuidadas y un entorno que transmite más abandono que preservación. No se trata de un hecho aislado; basta caminar unas cuadras para constatar que este tipo de escenas se repiten en distintas zonas de la ciudad.
La pregunta es inevitable: ¿a quién corresponde la responsabilidad de mantener la dignidad y el buen aspecto del patrimonio cultural edificado que forma parte de la esencia de Pátzcuaro? El ayuntamiento tiene la primera obligación de velar por la imagen urbana, y sin embargo, los resultados muestran una falta de orden, planeación y cuidado.
Este descuido no es menor. Pátzcuaro presentó a inicios de este año un Plan de Manejo ante la UNESCO, como parte de su aspiración a ser reconocido como Patrimonio Mundial. Sin embargo, mientras los documentos oficiales hablan de compromisos, en la práctica los muros históricos continúan deteriorándose, el espacio público se degrada y la gestión municipal es incapaz de garantizar limpieza, mantenimiento y prevención de daños.
Bajo estas condiciones, resulta evidente que ninguna declaratoria de Patrimonio Mundial será otorgada. La UNESCO exige coherencia entre lo que se plantea en los planes de manejo y lo que se vive en la realidad urbana. Y hoy, la realidad muestra un panorama que contradice de manera frontal esos compromisos.
El mensaje es claro: con una gestión municipal que ignora la importancia de proteger y dar mantenimiento al patrimonio, Pátzcuaro no avanza hacia el reconocimiento internacional, sino que se aleja cada día más. La declaratoria no depende de discursos, sino de hechos. Y los hechos muestran abandono, improvisación y una falta de visión preocupante.
Si Pátzcuaro quiere aspirar seriamente a la categoría de Patrimonio Mundial, debe comenzar por lo más elemental: garantizar el cuidado cotidiano de sus calles, plazas y edificaciones históricas. Sin ese compromiso real, el sueño quedará en el papel, como un intento fallido que reflejará la pésima gestión del presidente municipal y de su equipo.
Por ello, la ciudadanía no debe permanecer pasiva ni resignada. El patrimonio de Pátzcuaro está siendo mal gestionado y la responsabilidad tiene nombres y cargos: presidente municipal, cabildo y funcionarios que han demostrado incapacidad y negligencia. Es a ellos a quienes debemos exigir cuentas, sin excusas ni simulaciones. La sociedad tiene la obligación de señalar, denunciar y presionar a las autoridades hasta que cumplan con su deber. Callar o mirar hacia otro lado sólo permitirá que el abandono siga avanzando sobre lo que debería ser orgullo y herencia de todos.
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