Pátzcuaro, entre la razón y la emoción

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Marco Aguilar

“La ciudad no es un espacio donde vivir, sino un lugar donde recordar y soñar”.

— Italo Calvino, Las Ciudades Invisibles

Pienso en la arquitectura, en el urbanismo, en el paisajismo, en el arte.

Entre el racionalismo y la emoción, entre la poética y la razón: dos emisarios que se miran, que se buscan.

Pero es en su equilibrio, en la mediación de ambos, donde se encuentra la unidad del ser —ese ser que es sustantivo y verbo a la vez.

En cualquiera de las artes —que no domino plenamente, pero que he cultivado durante muchos años— las he trabajado desde el ejercicio de mi propio ser.

La congruencia entre emoción y razón no es sólo pensamiento: es palabra, es acción, es destino.

En ello fundamento mi noción del ser.

Creo reflejar esta idea en mi quehacer diario: soy uno, pero ante la sociedad soy muchos.

Para algunos, ciudadano; para otros, profesionista; o simplemente una sombra que pasa a diario.

Mis humildes capacidades, intrínsecas como sujeto, las proyecto hacia lo que observo.

A través de mi lente veo lo que soy: analizo, diagnostico y propongo, sujeto a formación y a investigación constante.

Desde hace años, Pátzcuaro me cautiva. Ese pueblo sencillo, sin adornos, que alcanzó su equilibrio entre lo racional y lo emocional a través de la piedra, la tierra y la madera.

Aun con sus limitaciones y desigualdades, conservaba un equilibrio natural entre su entorno y sus formas de vida.

En su sencillez revelaba una belleza singular: entre lago y bosque, bajo lluvias que parecían eternas, en un entorno rural donde los oficios mantenían viva una autenticidad centenaria.

Sus mercados, su trueque, su gente que observa, sonríe y saluda: todo parecía en armonía.

Su sistema constructivo, sencillo y refinado durante siglos, resistía el paso del tiempo.

Su urbanismo, adaptado a la topografía, conocía los vientos, los asoleamientos y las corrientes de agua.

Todo respondía a una sabiduría acumulada, a una coherencia profunda entre la naturaleza y el habitar.

Allí aprendí a reconocer tres principios que han guiado mi manera de crear y pensar: la sencillez, el pasado y la proporción.

Con el tiempo comprendí que estos principios no sólo estructuraban la forma física del pueblo, sino que también guiaban una experiencia más profunda del habitar:

del tiempo, del espacio y del silencio.

Dimensiones donde el ser se reconoce y el lugar adquiere sentido.

La creciente atracción turística y la falta de planeación derivaron en procesos de sobreexplotación y transformación urbana.

El turismo y la gentrificación han alterado el tejido social y espacial de Pátzcuaro, desplazando prácticas y modos de vida que le daban su identidad.

La modernidad no siempre representa progreso; muchas veces llega como ruptura, sin diálogo con la memoria y el aprendizaje del pasado. Por el contrario, la verdadera tradición implica progreso: es evolución consciente que respeta la esencia y consolida la identidad.

Hoy quedan apenas rasgos que resisten a la desaparición, recordatorios de un pueblo auténtico que aún busca mantener su equilibrio.

Esta reflexión no busca la nostalgia, sino la coincidencia.

La comparto porque siento que es común a muchos de los que vivimos o visitamos Pátzcuaro.

Tal vez, desde el reconocimiento de lo que fuimos y de lo que aún somos, y de la manera en que podemos habitar nuevamente el tiempo, el espacio y el silencio, podamos reencontrar un diálogo que nos acerque a lo anhelado:

un Pátzcuaro íntegro, congruente y vivo —donde el ser y el lugar vuelvan a pronunciarse con la misma voz.