Cuando la Plaza era fiesta/Pátzcuaro, un 8 de diciembre de hace más de un siglo

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Marco Aguilar

«Antes de las fuentes, el agua; antes de ser escenario, la plaza fue encuentro».

Hay fotografías antiguas que muestran lo que desapareció. Otras, en cambio, nos permiten reconocer lo que todavía permanece.

Esta imagen pertenece a las segundas.

Estamos en el corazón de Pátzcuaro, en el mismo espacio que hoy conocemos como Plaza Vasco de Quiroga. Sin embargo, a primera vista cuesta reconocerlo. No está la fuente con la escultura de Tata Vasco. Entre árboles, puestos, mantas, sombreros y una multitud, apenas alcanza a distinguirse un kiosco.

Sobre el antiguo negativo quedó escrita una indicación sencilla:

“Pátzcuaro, 8 de diciembre”.

La fotografía pertenece a la Colección Manuel González Galván del Archivo Fotográfico Manuel Toussaint, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Su autor no está identificado. El conjunto de antiguas placas de vidrio al que pertenece conserva otras imágenes de Pátzcuaro relacionadas con la fiesta de la Virgen y ha sido situado en los primeros años del siglo XX.

El kiosco nos proporciona otra pista.

Fue colocado en la Plaza Mayor en 1905. Allí se instalaban los músicos que amenizaban las serenatas de domingos y días festivos. La fotografía debió tomarse, por tanto, después de ese año y, de acuerdo con la catalogación del conjunto al que pertenece, probablemente antes de 1910.

Estamos mirando Pátzcuaro hace más de un siglo.

Pero antes de mirar a la multitud conviene detenernos en ese pequeño kiosco que aparece entre los árboles.

Porque debajo de él hay otra historia.

ANTES DE LAS FUENTES, EL AGUA

Antonio Salas León cuenta en Pátzcuaro. Cosas de antaño y de ogaño que el kiosco fue levantado dentro del gran vaso de cantera de una fuente anterior.

No era una fuente cualquiera.

Había sido inaugurada el 16 de septiembre de 1869, después del triunfo de la República. El Ayuntamiento quiso levantar en el centro de la Plaza Mayor un monumento a la Independencia que estuviera en relación con la enorme dimensión de aquel espacio.

La llamada Fuente Principal tenía ocho columnas sosteniendo una cúpula; cuatro grandes peces arrojaban agua por la boca; un busto de Miguel Hidalgo ocupaba el centro y, como remate, aparecía una mujer indígena representando a América.

Agua, Independencia y nación ocupaban entonces el corazón de Pátzcuaro.

Pero tampoco aquella había sido la primera fuente.

Nueve años antes, en 1860, José Guadalupe Romero describía la Plaza Mayor con sus portales, sus casas de dos pisos y una “elegantísima fuente” que no solamente adornaba su centro: surtía de agua al vecindario.

Y si retrocedemos casi tres siglos encontramos algo todavía más sorprendente.

En 1586, el franciscano Antonio de Ciudad Real pasó por Pátzcuaro acompañando a fray Alonso Ponce. Al describir la Plaza Mayor habló de una notable fuente de cantera: seis figuras humanas arrojaban agua por la boca y otros surtidores estaban formados por un águila y un león.

De ella se abastecían los habitantes.

El centro de la plaza era, antes que monumento, infraestructura para la vida.

La memoria del lugar parece retroceder todavía más. El arqueólogo Efraín Cárdenas García recogió la tradición oral de que en el sitio de la actual Plaza Vasco de Quiroga existió una pequeña laguna. No es todavía una certeza arqueológica, aunque sabemos de la presencia de manantiales y antiguos sistemas hidráulicos hacia la zona oriental de la ciudad.

La pregunta permanece abierta:

¿qué había aquí antes de la plaza?

Quizá algún día la arqueología pueda responderla.

Lo que sí sabemos es que el agua acompaña la historia de este lugar desde hace siglos.

UNA PLAZA PARA VIVIR

Pero una plaza nunca es solamente sus edificios, sus fuentes o sus monumentos.

La Plaza Mayor fue abastecimiento, mercado, tránsito, paseo, reunión y celebración. Sus portales alojaron comercios y viviendas; sobre su suelo se intercambiaron durante generaciones productos llegados de barrios, pueblos y comunidades.

Documentos del siglo XIX describen vendedores colocando las mercancías sobre mantas extendidas directamente en el suelo: maíz, frijol, verduras, pescados y otros productos.

Algo de aquello permanece frente a nosotros en la fotografía.

Podemos entonces dejar por un momento las fechas, las fuentes y los monumentos.

Y mirar a la gente.

8 DE DICIEMBRE

La inscripción sobre el negativo no es casual.

El 8 de diciembre era una de las grandes celebraciones de Nuestra Señora de la Salud. La imagen había sido reconocida como patrona de Pátzcuaro desde el siglo XVIII y, el 8 de diciembre de 1899, pocos años antes de nuestra fotografía, había sido solemnemente coronada con autorización pontificia.

La fiesta religiosa desbordaba necesariamente el templo.

Llegaban habitantes de los barrios y las comunidades, peregrinos, comerciantes y visitantes. La devoción convivía con el intercambio; la ceremonia con el mercado; lo sagrado con lo cotidiano.

Eso es precisamente lo que parece haber detenido la cámara.

Unos venden. Otros compran. Algunos conversan. Otros simplemente atraviesan el espacio. Las mercancías ocupan el suelo. Entre los árboles aparecen textiles y tenderetes. Sombreros y rebozos se confunden dentro de una multitud que parece apropiarse naturalmente del lugar.

No vemos una plaza preparada para que la gente contemple un espectáculo.

La gente es la fiesta.

No está reunida frente a la plaza.

Está viviendo la plaza.

Quizá por eso la fotografía resulta tan poderosa.

EL CENTRO CAMBIA

Aquel kiosco tampoco permanecería para siempre.

En 1935, después de treinta años, fue retirado. La documentación municipal señala que fue entregado a Tzurumútaro, donde permanece hasta nuestros días. En su lugar volvió a levantarse una fuente, dentro del proceso de transformación urbana impulsado durante el cardenismo.

Treinta años después cambiaría nuevamente el centro de la Plaza Mayor.

En 1965, al cumplirse cuatro siglos de la muerte de Vasco de Quiroga, la fuente fue sustituida por el monumento realizado por Francisco Zúñiga.

Desde entonces, la figura de Vasco de Quiroga preside el mismo centro que durante siglos había sido ocupado y transformado por fuentes, símbolos, agua y, durante treinta años, por aquel kiosco.

Cada época dejó allí su propia idea de Pátzcuaro.

Pero ninguna consiguió inmovilizar la plaza.

CUANDO LA PLAZA ERA LA FIESTA

Volvamos una última vez a la fotografía.

Ahora podemos reconocer aquel pequeño kiosco que apenas aparece entre los árboles. Sabemos cuándo llegó y qué había debajo de él. Sabemos que antes hubo fuentes y que, mucho antes de que alguien tomara aquella fotografía, el agua ya formaba parte de la historia del lugar.

Pero quizá nada de eso sea lo más importante.

Lo verdaderamente excepcional es la multitud.

Porque los monumentos nos cuentan lo que cada época quiso recordar.

La gente nos muestra cómo se vivía el lugar.

Las fuentes desaparecieron y volvieron. El kiosco llegó y se fue. Cambiaron los árboles, los pavimentos y los monumentos. Cambió incluso el nombre de la plaza.

Aquella fotografía del 8 de diciembre conserva algo mucho más difícil de reconstruir:

una comunidad reconociéndose en su espacio público.

Mercado y devoción. Agua y comercio. Música y paseo. Fiesta y memoria.

Tal vez por eso, a pesar de todos sus nombres, los pátzcuarenses siguieron llamándola durante tanto tiempo la Plaza Grande.

No solamente por sus dimensiones.

Sino por todo lo que ha sido capaz de contener.

Hace más de un siglo, aquel 8 de diciembre, la plaza no necesitaba que alguien explicara para qué servía.

La gente lo sabía.

La plaza era la fiesta.

Fotografía: “Pátzcuaro, 8 de diciembre”. Colección Manuel González Galván, Archivo Fotográfico Manuel Toussaint, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM. Autor no identificado. Probablemente 1905-1910.