La participación ciudadana no consiste en aceptar decisiones, sino en poder cuestionarlas

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Iván Illich

Marco Aguilar

En días recientes, durante una entrevista en un medio radiofónico local, el presidente municipal de Pátzcuaro se refirió públicamente a mi persona al abordar las críticas ciudadanas que he expresado en torno a la reciente intervención en la Plaza Gertrudis Bocanegra. Sus declaraciones no se centraron en responder los argumentos técnicos, históricos o normativos que han sido expuestos por distintos medios, sino en descalificar la crítica misma, atribuyéndole intenciones de daño, generación de inestabilidad y agravio al municipio.

Ante ello, considero necesario fijar una postura pública, no desde la confrontación personal, sino desde una reflexión más amplia sobre el sentido de la crítica, el papel de la ciudadanía frente al poder y la responsabilidad ética que implica intervenir espacios patrimoniales. Lo que sigue no es una respuesta al agravio, sino una defensa del derecho a cuestionar y del deber de pensar la ciudad más allá del discurso oficial.

LA CRÍTICA NO ATENTA CONTRA PÁTZCUARO

Hay momentos en los que el poder, incapaz de responder con argumentos, decide hablar de personas. Es un gesto viejo, conocido, y profundamente revelador. Cuando se abandona el terreno de las ideas para deslizarse hacia la descalificación personal, no se fortalece la obra pública: se exhibe su fragilidad.

En días recientes, el alcalde de Pátzcuaro decidió referirse a mi persona en un espacio radiofónico. No lo hizo para responder a los señalamientos técnicos y ciudadanos que he formulado en torno a la reciente intervención en la Plaza Gertrudis Bocanegra, sino para cuestionar mi origen, mis intenciones y mi derecho mismo a opinar. Según su dicho, criticar es “atentar contra el municipio”, generar “inestabilidad” y actuar “sin ningún beneficio”.

Conviene entonces hacer una pausa y aclarar lo esencial.

Criticar una obra pública no es atacar a Pátzcuaro. Señalar deficiencias en los procesos, en la metodología, en la planeación o en el respeto a la normatividad patrimonial no equivale a perjudicar al municipio; por el contrario, es una forma de cuidarlo. El patrimonio no se defiende con aplausos obligatorios ni con inauguraciones apresuradas, sino con rigor, conocimiento y responsabilidad pública.

Resulta preocupante que desde el poder municipal se intente confundir deliberadamente la crítica al gobierno con un agravio a la ciudad. Pátzcuaro no es una administración en turno, ni un conjunto de decisiones unilaterales, ni la narrativa oficial que se repite en actos públicos. Pátzcuaro es su historia, su traza, su memoria colectiva y su gente. Y precisamente por eso, ninguna autoridad debería sentirse dueña del relato ni del espacio público.

Tampoco es menor que se descalifique al crítico por su procedencia, como si el cuidado del patrimonio dependiera del acta de nacimiento y no del compromiso ético y del conocimiento. El patrimonio cultural, por definición, rebasa fronteras administrativas y afectos políticos; pertenece a la nación y a la humanidad, y su defensa es un deber compartido. Reducir el debate a un “eres o no eres de aquí” empobrece la discusión y revela una visión excluyente y peligrosa del espacio público.

Se me acusa de no proponer. Quienes han seguido con atención mis textos saben que esto es falso. He señalado, una y otra vez, la necesidad de procesos participativos reales, de diagnósticos serios, de respeto a las normas que rigen los centros históricos y de una comprensión profunda del valor simbólico y urbano de nuestras plazas. Proponer no es aplaudir; proponer es pensar, cuestionar y advertir a tiempo.

Lo verdaderamente lamentable no es la crítica, sino la incapacidad de asumirla. Lo que genera inestabilidad no es la palabra del ciudadano, sino la soberbia del poder que se siente incómodo ante el disenso. Gobernar no es blindarse frente a la crítica; es saber escuchar incluso aquello que incomoda.

No escribo desde la animadversión personal ni desde el deseo de dañar a Pátzcuaro. Escribo desde la convicción de que el patrimonio no puede convertirse en botín político ni en escenario de propaganda. Cuando la autoridad prefiere desacreditar al ciudadano antes que responder a los argumentos, no se defiende una obra: se delata una forma de gobernar.

La crítica es una forma de amor exigente hacia la ciudad. Y Pátzcuaro, por su historia y por su dignidad, merece algo más que discursos complacientes y descalificaciones ligeras. Merece verdad, método y responsabilidad.

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