La Plaza Vasco de Quiroga y el fracaso deliberado del orden urbano

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Marco Aguilar

Durante meses se ha insistido en la misma pregunta: ¿cuándo se pondrá en marcha el Programa Parcial de Desarrollo Urbano del Centro Histórico? La pregunta es legítima, evidente y necesaria. El problema es que, a fuerza de no recibir respuesta, ha dejado de ser una interrogante para convertirse en un diagnóstico.

El Programa existe: fue aprobado por el Cabildo y se presume como resultado de una supuesta participación ciudadana. También existe un Plan de Manejo presentado ante la UNESCO, mediante el cual el Estado mexicano promete orden, regulación, conservación y gobernanza responsable para aspirar a la declaratoria de Patrimonio Mundial. Sin embargo, en la vida cotidiana del Centro Histórico —y de manera especialmente visible en la Plaza Vasco de Quiroga— nada de eso ocurre.

Aquí no hay vacío normativo: hay vacío de voluntad.

La Plaza Vasco de Quiroga, corazón simbólico, urbano e histórico de Pátzcuaro, continúa siendo utilizada sin criterios claros, sin reglas públicas, sin límites verificables y sin una lógica mínima de sustentabilidad. La ocupación indiscriminada, la improvisación constante y la administración por excepción no son errores aislados: son el resultado directo de un gobierno que ha decidido no aplicar los instrumentos que dice tener.

El poder municipal insiste en afirmar que “no hay propuestas”. Es falso. Ciudadanos hemos participado en talleres, mesas de trabajo y procesos formales; hemos entregado documentos, observaciones y planteamientos técnicos en el Programa Municipal de Desarrollo, en los planes urbanos y en los propios procesos vinculados al Centro Histórico. Nunca hubo devolución, nunca diálogo real, nunca incidencia efectiva. La participación fue simulada; el resultado, ignorado.

Lo más grave es que esta forma de administrar el espacio público no es neutra. Cuando no hay reglas visibles ni aplicación equitativa de la norma, lo que se impone es la discrecionalidad. Y la discrecionalidad, en el espacio público, siempre beneficia a unos pocos y perjudica al interés común.

La contradicción alcanza un nivel ético mayor cuando se observa el Plan de Manejo presentado a la UNESCO, hoy mantenido en la secrecía. Mientras hacia afuera se promete protección patrimonial y orden urbano, hacia adentro se tolera el desorden, el uso indebido y la degradación cotidiana del espacio común. Se cuida el expediente internacional, no la plaza real. Se administra la imagen, no la ciudad.

Esto tiene un nombre: simulación institucional.

Gobernar no es aprobar programas, ni anunciar planes, ni invocar documentos cuando conviene. Gobernar es aplicar reglas, rendir cuentas y asumir la responsabilidad de ordenar el espacio público en beneficio de la colectividad. Cuando eso no ocurre, no estamos ante un gobierno rebasado, sino ante un gobierno que ha fracasado en lo esencial.

La Plaza Vasco de Quiroga no es un botín, no es un escenario de ocurrencias ni un territorio de excepción. Es un espacio común, histórico y simbólico, cuya degradación no proviene del uso ciudadano, sino de la renuncia deliberada del poder a gobernar con responsabilidad.

La ciudadanía no tiene por qué seguir preguntando lo que ya es evidente. Tiene, en cambio, el derecho —y la obligación— de recordar todos los días al gobierno su propia omisión. Porque un poder que no responde, que no aplica sus propias reglas y que gobierna desde la simulación, no sólo administra mal: traiciona el sentido mismo de lo público.

“Un gobierno que no gobierna con reglas gobierna con abuso. Y eso no es incapacidad: es decisión”.

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