Pátzcuaro: belleza en pasarela, desigualdad en las calles

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Marco Aguilar

“Un municipio y un estado que cierran los ojos ante la violencia de género, coronando reinas mientras desamparan a víctimas”.

En Pátzcuaro, y en gran parte de Michoacán, ser mujer significa cargar con una realidad dura y dolorosa: decenas de menores de edad son madres, muchas veces solteras y sin apoyo; la violencia de género se ha vuelto un pan de cada día, desde el maltrato doméstico hasta las desapariciones; y en el mundo laboral las mujeres siguen siendo explotadas, mal pagadas y con menos oportunidades de desarrollo.

Ese es el rostro verdadero de nuestro municipio y de nuestro estado. Y, sin embargo, frente a estos problemas urgentes, el gobierno municipal decide organizar un concurso de belleza. Una pasarela donde jóvenes mujeres son expuestas al escrutinio público, calificadas y exaltadas en función de su apariencia física.

¿Es esto lo que necesita hoy Pátzcuaro? ¿Es este el mensaje que se envía a las niñas y adolescentes de nuestra región?

La contradicción dolorosa

En un contexto de desigualdad estructural, este tipo de espectáculos no son inocentes. Se presentan como eventos culturales y turísticos, pero en el fondo reproducen estereotipos y roles de género que reducen el valor de una mujer a su cuerpo, a su sonrisa y a su capacidad de caminar en tacones.

Mientras tanto, los verdaderos retos —la prevención de embarazos adolescentes, la atención a víctimas de violencia, la creación de empleos dignos y equitativos— siguen siendo relegados. Es un doble discurso: por un lado se presume la “belleza de la mujer pátzcuarense”, y por el otro se ignora la violencia que muchas de ellas enfrentan día tras día.

La violencia simbólica

En México, varias voces feministas, académicas y legislativas han señalado que los certámenes de belleza constituyen una forma de violencia simbólica: esa violencia que no golpea, pero que sí degrada, porque transmite el mensaje de que el valor de una persona radica únicamente en su apariencia.

No es casualidad que estados como Oaxaca ya hayan legislado para prohibir el uso de recursos públicos en estos certámenes, justamente porque refuerzan desigualdades y discriminaciones. La Cámara de Diputados también ha discutido esta cuestión a nivel federal.

Si en otras entidades se reconoce que estos eventos reproducen esquemas de opresión, ¿por qué aquí se siguen financiando y promoviendo como si fueran actos de orgullo comunitario?

Argumentos que se suelen dar… y por qué no bastan

“Es tradición, es cultura”: también lo fue excluir a las mujeres de la educación, y ya nadie lo defiende. La cultura no debe servir como excusa para perpetuar desigualdades.

“Les da oportunidades”: son oportunidades superficiales para unas pocas, mientras la mayoría de las jóvenes mujeres en Pátzcuaro siguen sin acceso a educación de calidad, a becas, a empleos bien pagados.

“No hace daño”: sí lo hace, porque normaliza la idea de que la validación de la mujer depende de su atractivo físico, y porque invisibiliza los problemas de fondo.

¿Qué alternativas necesitamos?

Si el municipio quiere realmente promover a la juventud y reconocer a las mujeres, puede hacerlo de formas mucho más dignas y útiles:

* Concursos de proyectos sociales, científicos, artísticos o deportivos.

* Programas de apoyo a madres adolescentes y madres solteras.

* Iniciativas de emprendimiento femenino con financiamiento público.

* Políticas laborales que reduzcan la brecha salarial y den empleo digno a las mujeres.

* Campañas serias de prevención y atención a la violencia de género.

Estas acciones darían un mensaje poderoso: que la mujer en Pátzcuaro y en Michoacán vale por su inteligencia, por su esfuerzo, por su creatividad y por su voz, no sólo por su apariencia.

Un cierre necesario

Mientras se corona a una “reina” en una plaza pública, muchas mujeres en el municipio y en el estado viven en silencio la desigualdad, la violencia y el abandono institucional. No se trata de criticar a las jóvenes participantes —ellas no son responsables de este sistema—, sino de señalar la irresponsabilidad de los gobiernos que promueven espectáculos vacíos mientras cierran los ojos ante una realidad dolorosa.

Un municipio que presume pasarelas pero no atiende la violencia contra las mujeres no honra a su gente: la traiciona.

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