Pátzcuaro: ¿De quién es la plaza?

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Marco Aguilar

PATRIMONIO, COMERCIO Y PAISAJE CULTURAL EN PÁTZCUARO

Hay discusiones que durante años permanecen atrapadas entre dos posiciones aparentemente irreconciliables.

En Pátzcuaro, una de ellas enfrenta la conservación del patrimonio con la presencia del comercio en el espacio público.

Para algunos, las plazas históricas deben permanecer libres de vendedores y actividades comerciales porque constituyen parte esencial de un conjunto patrimonial que debe conservarse.

Para otros, retirar el comercio de las plazas significa también retirar una parte de la historia de Pátzcuaro, porque durante generaciones esos espacios fueron lugares de intercambio, encuentro y abastecimiento.

Ambas posiciones contienen una parte de verdad.

Y quizá precisamente por eso el tema ha sido tan poco discutido con serenidad.

La pregunta no debería ser simplemente si debe o no existir comercio en una plaza histórica.

La pregunta debería ser mucho más compleja:

¿Qué comercio forma parte de la vida cultural de Pátzcuaro y qué comercio simplemente utiliza su patrimonio como escenario?

UNA CIUDAD QUE TAMBIÉN NACIÓ DEL INTERCAMBIO

Hace aproximadamente ochenta y cinco años, el comercio en la vía pública formaba parte de la vida cotidiana de Pátzcuaro.

Las comunidades acudían a la ciudad para traer sus productos. La plaza era lugar de encuentro, intercambio y abastecimiento. Llegaban productos de temporada, alimentos, flores, frutas, verduras, semillas y otros bienes vinculados con los ciclos productivos de la región.

No era solamente una actividad económica.

Era una relación entre la ciudad y su territorio.

La plaza era, en cierto sentido, el lugar donde el territorio se encontraba con la ciudad.

Por eso sería un error pretender que la conservación patrimonial consiste en borrar todas aquellas prácticas que no corresponden a una determinada imagen estética del Centro Histórico.

Una ciudad histórica no está constituida únicamente por sus edificios.

También son sus habitantes, sus recorridos, sus fiestas, sus mercados, sus intercambios y aquellas prácticas que han sobrevivido al paso del tiempo.

Eso es lo que permite hablar de un Paisaje Cultural vivo.

Pero aquí comienza la dificultad.

Porque conservar una tradición tampoco significa convertirla en argumento para justificar cualquier forma de ocupación comercial.

NO TODO COMERCIO SIGNIFICA LO MISMO

No puede significar lo mismo la mujer que llega de una comunidad con los elotes de su temporada que una tienda de accesorios para teléfonos que extiende su mercancía sobre una plaza.

Ambos venden.

Pero culturalmente no necesariamente representan lo mismo.

Una campesina que trae un producto de su tierra puede estar reproduciendo una relación histórica entre las comunidades y la ciudad.

Una artesana puede mantener una técnica, un conocimiento y una forma de producción transmitida entre generaciones.

Un productor puede estar llevando a la plaza algo vinculado con los ciclos agrícolas de la región.

Todo ello posee una dimensión cultural que no puede medirse únicamente por el hecho de que exista una transacción económica.

Del otro lado puede encontrarse una actividad comercial perfectamente legítima, pero sin relación alguna con la historia, la cultura o la producción local.

No se trata de establecer una jerarquía moral entre comerciantes.

Se trata de reconocer que culturalmente no todo comercio significa lo mismo.

Y si esto es cierto, tampoco debería existir una política pública que trate todos los usos comerciales del espacio histórico como si fueran equivalentes.

EL PROBLEMA COMIENZA CUANDO LA HISTORIA SE CONVIERTE EN COARTADA

Decir que antiguamente había comercio en las plazas no puede convertirse en una autorización para cualquier comercio contemporáneo.

Porque estaríamos confundiendo la continuidad cultural con la utilización comercial de un escenario histórico.

El hecho de que nuestros antepasados hayan comerciado en una plaza no significa que cualquier mercancía, cualquier estructura, cualquier mobiliario o cualquier actividad comercial actual sea automáticamente compatible con ella.

Pero tampoco lo contrario.

Que una plaza sea patrimonio no significa que deba convertirse en un espacio muerto.

Ese sería otro error.

El patrimonio que expulsa toda forma de vida termina convertido en escenografía.

La cuestión, entonces, no es escoger entre patrimonio y comercio.

Es aprender a distinguir, regular y gestionar las diferentes formas en que la vida económica y social puede relacionarse con el patrimonio.

LA PLAZA VASCO DE QUIROGA NO ES SOLAMENTE UNA PLAZA

Y aquí es necesario precisar de qué espacio estamos hablando.

Cuando nos referimos a la Plaza Vasco de Quiroga no hablamos únicamente de su superficie central.

Hablamos de un conjunto urbano mucho más complejo: la propia plaza, su superficie ajardinada, sus árboles —entre ellos fresnos centenarios—, sus pasillos, bancas, la fuente que circunda la escultura de Don Vasco de Quiroga y los distintos elementos que conforman su espacio público.

Pero también hablamos de las calles que la rodean y de los diversos portales que constituyen su perímetro.

Todo ello forma una unidad urbana y patrimonial.

En ese espacio confluyen arquitectura, paisaje, circulación, comercio, turismo, vivienda, celebraciones, actividades culturales y vida cotidiana.

Precisamente por esa complejidad, no puede ser administrado como si se tratara simplemente de una superficie disponible.

Una plaza de esta importancia requiere una política integral.

EL MERCADO RESOLVIÓ UNA PARTE DEL PROBLEMA, PERO NO TODO

Durante años, uno de los argumentos fundamentales para la construcción del nuevo Mercado Vasco de Quiroga fue ordenar el comercio y retirar de calles, plazas y portales a quienes desarrollaban allí sus actividades.

La reubicación produjo cambios visibles, particularmente en el entorno de la Plaza Gertrudis Bocanegra.

Pero el problema patrimonial no termina allí.

Porque mientras una parte del comercio fue trasladada, otros de los espacios más sensibles del Centro Histórico continúan siendo utilizados para actividades comerciales y eventos.

Y es aquí donde aparece una contradicción que merece ser examinada con cuidado.

La Plaza Vasco de Quiroga y los espacios de su entorno, incluidos los portales y las áreas relacionadas con la Basílica, forman parte de ese núcleo patrimonial sobre el que Pátzcuaro ha construido buena parte de su discurso de conservación y de su aspiración internacional.

Sin embargo, en la práctica, esos espacios continúan siendo utilizados para actividades temporales que modifican su funcionamiento y su imagen.

En determinados casos, además, la ocupación del espacio público puede ser autorizada y generar un cobro por parte de la autoridad.

Entonces surge una pregunta inevitable:

¿El objetivo era realmente recuperar el espacio público o simplemente trasladar y administrar quién puede ocuparlo, cuándo y bajo qué condiciones?

CUANDO LA PLAZA SE VUELVE UN RECURSO

Las imágenes de este fin de semana son reveladoras precisamente por eso.

Mientras dentro del Ayuntamiento se presentaba un informe de gobierno, en el acceso a la propia sede municipal uno de sus portales históricos estaba ocupado por mesas, puestos y mercancías.

No hace falta exagerar lo que muestran las fotografías.

Los hechos están ahí.

Y tampoco se trata de afirmar que toda ocupación temporal sea necesariamente incompatible con el patrimonio.

La pregunta es otra:

¿Bajo qué política patrimonial se decide qué puede ocupar la plaza, qué puede ocupar los portales, durante cuánto tiempo, con qué características y para qué finalidad?

Porque una cosa es gestionar una tradición.

Otra es convertir el espacio patrimonial en una superficie disponible para cualquier actividad que pueda pagar por utilizarla.

La diferencia es fundamental.

Administrar un espacio puede significar medirlo, asignarlo y cobrarlo.

Gestionar patrimonio significa preguntarse qué significado tiene aquello que se está autorizando y qué efectos tendrá sobre el conjunto histórico.

UNA CONTRADICCIÓN QUE MERECE ATENCIÓN

Hay algo particularmente difícil de explicar.

Personas procedentes de las comunidades que llegan a Pátzcuaro con productos tradicionales pueden encontrarse con inspectores que les impiden vender en la plaza.

Al mismo tiempo, establecimientos comerciales orientados al turismo pueden extender su actividad hacia el espacio público mediante mesas, sillas u otras formas de ocupación.

No se trata de decir que una actividad deba necesariamente permitirse y la otra prohibirse.

Se trata de exigir que exista un criterio.

Porque si la justificación para retirar a una campesina es proteger la plaza, la autoridad debería explicar por qué esa misma protección permite otras formas de ocupación comercial.

La diferencia no debería establecerse únicamente por la capacidad económica para pagar un derecho de ocupación.

Debería estar determinada por criterios públicos, objetivos y previamente establecidos: compatibilidad patrimonial, temporalidad, dimensiones, movilidad, impacto, relación con el Paisaje Cultural y naturaleza de la actividad.

El patrimonio no puede tener una regla para quien llega con sus productos de temporada y otra para quien puede pagar por instalar mobiliario comercial.

¿PARA QUIÉN ESTAMOS CONSERVANDO PÁTZCUARO?

Esta pregunta quizá sea más incómoda que todas las anteriores.

Durante los últimos años hemos hablado mucho de Pátzcuaro como destino turístico, como ciudad histórica y como patrimonio de valor excepcional.

Pero una ciudad histórica no puede conservarse únicamente para quien llega a consumirla.

Si para recibir al turista expulsamos las prácticas tradicionales de quienes han construido históricamente la relación entre la ciudad y su territorio, podríamos terminar conservando los edificios mientras perdemos parte de aquello que les daba sentido.

Una plaza llena exclusivamente de terrazas, eventos comerciales y actividades diseñadas para el visitante puede ser muy activa.

Pero no necesariamente es una plaza viva en el sentido cultural.

Del mismo modo, una plaza completamente vacía puede ser visualmente impecable y culturalmente muerta.

El desafío está en otro sitio:

conservar la vida sin permitir que la vida sea utilizada como justificación para banalizar el carácter del lugar.

EL PATRIMONIO NECESITA REGLAS

Precisamente por eso resulta preocupante que un espacio de esta importancia pueda quedar sujeto a decisiones coyunturales de cada administración.

No debería depender de quién gobierna, de qué evento se aproxima o de qué actividad se considera conveniente en determinado momento.

Pátzcuaro necesita una normatividad clara y precisa para el uso de este conjunto patrimonial.

Una regulación construida con participación ciudadana y con especialistas en patrimonio, arquitectura, urbanismo, movilidad, paisaje cultural y gestión del espacio público.

No para congelar la ciudad.

No para expulsar el comercio tradicional.

No para convertir las plazas en museos.

Sino para establecer reglas que permitan que la vida de Pátzcuaro continúe sin que el patrimonio quede subordinado a las necesidades circunstanciales de la autoridad.

El patrimonio necesita normas; pero necesita también legitimidad social.

Las reglas deben ser públicas, conocidas, discutidas y aplicadas de manera consistente.

Una plaza de esta importancia no puede tener una regla diferente cada vez que cambia el gobierno municipal.

EL PAISAJE CULTURAL NO PUEDE CONVERTIRSE EN MERCANCÍA

Quizá ésta sea la cuestión de fondo.

El Paisaje Cultural de Pátzcuaro no puede reducirse a aquello que resulta atractivo para el visitante.

Si una campesina que llega con sus elotes de temporada forma parte de la memoria económica y cultural de la región, su presencia merece ser estudiada, valorada y, cuando sea compatible con el espacio, protegida.

Si una artesana mantiene una tradición productiva, merece condiciones dignas para continuarla.

Pero si un espacio patrimonial se convierte simplemente en una superficie comercial disponible para quien pueda pagar por utilizarla, estamos ante algo diferente.

Ya no estamos conservando un Paisaje Cultural.

Estamos comercializando el paisaje.

Y quizá ésta sea una de las discusiones que Pátzcuaro todavía no se ha atrevido a tener con suficiente profundidad.

No se trata de decidir quién puede estar en la plaza y quién debe salir de ella.

Se trata de preguntarnos qué ciudad queremos conservar.

Una ciudad donde el patrimonio sea un escenario para el consumo.

Una ciudad donde el patrimonio sea un museo.

O una ciudad donde el patrimonio siga siendo una forma de vida, pero una forma de vida que pueda convivir con reglas claras, con dignidad, con orden y con verdadero respeto por su historia.

Porque al final, la pregunta no es solamente:

¿De quién es la plaza?

La pregunta verdadera quizá sea:

¿Para quién estamos conservando Pátzcuaro?

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