Pátzcuaro/La banqueta también es espacio público

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Marco Aguilar

«La accesibilidad se demuestra a la altura de los pies, no en los discursos».

Ayer, 15 de septiembre, la Dirección de Reglamentos Municipales del Ayuntamiento de Pátzcuaro difundió un comunicado dirigido a los establecimientos ubicados alrededor del Mercado Vasco de Quiroga.

El mensaje es claro:

“La vía pública debe de permanecer libre y despejada.”

Se pide evitar mercancías, estructuras u objetos que obstruyan el libre tránsito y se advierte incluso de multas, sanciones y decomisos.

Hoy, 16 de septiembre, frente al propio Palacio Municipal, la realidad cuenta otra historia.

Con motivo de los festejos patrios fueron colocadas sobre la banqueta estructuras metálicas para sostener instalaciones del evento. Sus bases y contraventeos atraviesan el espacio destinado al peatón, obligando a las personas a esquivarlos en medio de una concentración considerable de gente.

No hablo solamente de lo que muestran estas fotografías.

Esta mañana me tocó presenciar un par de accidentes en ese lugar. Uno de ellos involucró a una persona con discapacidad que requiere una andadera para desplazarse. Su dificultad para sortear aquellos obstáculos y la impotencia de quienes intentamos auxiliarla hicieron evidente algo que solemos olvidar:

la accesibilidad no es un concepto; es una condición de la vida cotidiana.

Y precisamente por ello resulta difícil comprender la contradicción.

El propio Programa Municipal de Desarrollo Urbano de Pátzcuaro señala que el diseño del espacio público debe responder a criterios de “accesibilidad universal e inclusión social” y reconoce la necesidad de una movilidad más segura para peatones y personas con discapacidad.

El Programa Parcial del Centro Histórico insiste, además, en fomentar la accesibilidad universal y favorecer al peatón dentro de su estrategia de movilidad activa.

Entonces el problema no parece estar en la ausencia de palabras, reglamentos, programas o buenas intenciones.

El problema aparece cuando esas palabras tienen que tocar el suelo.

No es congruente exigir al comerciante que mantenga despejada la vía pública mientras la propia autoridad coloca obstáculos sobre una banqueta. Mucho menos cuando éstos dificultan el tránsito de quienes necesitan mayores condiciones de seguridad para desplazarse.

Una ciudad humanista no se construye solamente denominándose así.

Se construye pensando en el niño, en el adulto mayor, en quien empuja una carriola, en quien camina con dificultad, en quien utiliza una silla de ruedas o necesita una andadera. Se construye entendiendo que una banqueta no es el espacio sobrante entre un edificio y una calle: es infraestructura pública destinada a las personas.

Lo sucedido hoy puede parecer pequeño frente a los grandes problemas de una ciudad.

No lo es.

Porque revela esa distancia que tantas veces existe entre reglamentar y cumplir, entre planear y ejecutar, entre decir y hacer.

Quizá la mejor política pública comience precisamente ahí: en la congruencia.

Si el gobierno pide una vía pública libre y despejada, el primero que debe respetarla es el propio gobierno.

Gobernar el espacio público comienza por algo elemental: que cualquiera pueda caminar por él.

#Pátzcuaro