Pátzcuaro, la ruina luminosa del turismo

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Marco Aguilar

“Donde todos miran, nadie habita”.

— María Zambrano

Pátzcuaro ha dejado de ser un pueblo que vive de sí mismo para convertirse en un escenario que vive de la mirada ajena. La llamada joya del turismo michoacano es hoy un territorio agotado por la representación de su propia imagen: una ciudad que se vende, se adorna, se actúa. Y en ese proceso, ha perdido casi todo lo que la hacía verdadera.

Las autoridades locales han reducido su destino a dos actos anuales —Noche de Muertos y Semana Santa—, apostando por un modelo turístico estacional, extractivo, que genera ganancias fugaces para unos cuantos y pobreza persistente para la mayoría.

El turismo, que debería ser encuentro, se ha convertido en explotación. Lo que alguna vez fue una economía viva, diversa y artesanal, es hoy una economía de sobrevivencia, subordinada al espectáculo del folclor.

La turistificación ha operado en Pátzcuaro como una lenta enfermedad: altera la estructura del cuerpo urbano, corrompe el alma del lugar y anestesia la conciencia colectiva. El patrimonio deja de ser memoria compartida para transformarse en escenografía; el habitante, en figurante de una obra que no escribió.

La ciudad se vacía de contenido, pero rebosa de luces, selfies y discursos oficiales.

No se gobierna una ciudad así: se administra su simulacro.

El poder municipal, incapaz de generar un proyecto económico, cultural y urbano sostenible, ha preferido la política del brillo efímero. Cada evento turístico se celebra como un triunfo, aunque deje tras de sí calles degradadas, servicios públicos precarios y una sociedad dependiente de la limosna del visitante.

La gestión pública se mide en número de turistas, no en calidad de vida.

Y el ciudadano, reducido a espectador de su propio empobrecimiento, termina aceptando el engaño de que la fiesta es progreso.

Pero la raíz de este mal no es sólo administrativa, sino filosófica:

hemos confundido lo visible con lo valioso, la promoción con el desarrollo, la mirada del otro con nuestra identidad.

El turismo sin conciencia —como toda forma de dominación simbólica— nos devuelve un reflejo deformado de lo que somos: una ciudad puesta en vitrina, sin alma, sin sustancia, sin voz.

Recuperar Pátzcuaro no será cuestión de embellecerlo, sino de reaprender a habitarlo.

El verdadero patrimonio no está en sus muros ni en sus plazas, sino en la vida que todavía resiste bajo la costra del espectáculo: el mercado cotidiano, la conversación vecinal, el olor a pan, el gesto de los oficios que aún saben quiénes son.

Ahí —no en los slogans ni en los drones turísticos— persiste el último pulso de una ciudad viva.

Si el gobierno municipal tuviera una mínima conciencia política, entendería que la tarea no es vender Pátzcuaro, sino devolverle sentido.

El turismo no debe ser un fin, sino una consecuencia de un pueblo pleno.

Mientras el poder siga mirando a su gente como figurantes y no como ciudadanos, Pátzcuaro seguirá siendo eso: una ruina luminosa del turismo, hermosa por fuera, vacía por dentro.

UNESCOUNESCO MexicoInternational Council on Monuments and Sites (ICOMOS)Icomos Mx

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