Por Marco Aguilar
Hay objetos que permanecen cuando su tiempo ya pasó. Quedan como una sombra de sí mismos, como una pregunta suspendida en mitad de la calle. En Pátzcuaro, las casetas telefónicas son uno de esos vestigios: no comunican, no sirven, no protegen; sólo estorban. Se han convertido en pequeños monumentos a la desidia, clavados en el espacio público como una confesión involuntaria del abandono institucional.
Lo que alguna vez fue infraestructura de comunicación hoy es chatarra vertical. Oxidadas, sucias, invadidas por publicidad vieja, cables expuestos y basura, se interponen en banquetas estrechas, obligan a rodearlas, rompen la continuidad del paisaje urbano y obstaculizan el paso de peatones, adultos mayores y personas con discapacidad. La escena es cotidiana y, por ello mismo, grave: los obstáculos se normalizan cuando el gobierno se acostumbra a no ver.
En un Centro Histórico como Pátzcuaro —reconocido, normado, estudiado, fotografiado y explotado discursivamente— la permanencia de estas estructuras en desuso no es un simple descuido: es una falta administrativa continua.
LA LEY QUE EXISTE … PERO NADIE APLICA
No faltan normas. Falta voluntad.
El Reglamento de Imagen Urbana, el Bando de Gobierno Municipal, la Ley de Asentamientos Humanos, Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano y la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos establecen principios claros: el espacio público debe mantenerse libre de obstáculos, en condiciones seguras, dignas y congruentes con el entorno patrimonial. Toda instalación en desuso o en deterioro debe retirarse; toda estructura que afecte la accesibilidad o provoque riesgo debe corregirse.
Además, los lineamientos para la conservación del Centro Histórico obligan a proteger la integridad visual de los inmuebles y del paisaje urbano. Sin embargo, las casetas telefónicas en abandono permanecen, como si estuvieran protegidas por un decreto secreto: el decreto de la indiferencia.
La autoridad municipal no ignora la norma; simplemente decide no cumplirla.
UN ALCALDE SIN BRÚJULA, PERO CON CAJA
El alcalde Julio Arreola parece gobernar con una brújula alterada: no señala el norte del bien común, sino el punto exacto donde cabe una tarima, una inauguración o una fotografía. Ahí donde el patrimonio requiere cuidado silencioso, trabajo diario, decisiones técnicas, no aparece. Donde hay espectáculo, aparece de inmediato.
Paradójicamente, su gobierno se concentra obsesivamente en el Centro Histórico, pero sólo como escaparate, no como responsabilidad. Se maquilla la plaza, se iluminan eventos, se colocan placas cuestionables, pero no se resuelven problemas básicos: obstáculos urbanos, cableado caótico, mobiliario en ruinas, banquetas invadidas, accesibilidad negada.
El patrimonio no es para él un legado que se custodia; es una caja chica simbólica, un recurso político y económico. Se administra no con visión, sino con oportunismo.
FILOSOFÍA DE LO QUE ESTORBA
La ciudad revela, con sus objetos, la verdad de su gobierno. Una caseta telefónica abandonada dice más que un discurso oficial. Dice que no hay proyecto, que no hay planeación, que no hay respeto por la escala humana. Dice que el peatón no importa. Dice que la ley es literatura muerta.
El filósofo podría preguntar:
¿qué sucede con una ciudad cuando sus obstáculos permanecen y sus caminos se olvidan?
Sucede esto: el gobierno pierde la brújula y la ciudadanía pierde el derecho a caminar sin tropezar con la negligencia.
El espacio público se convierte entonces en un lugar donde se enfrenta no sólo el cuerpo contra el metal oxidado, sino la dignidad contra la omisión.
LO QUE DEBERÍA OCURRIR —Y NO OCURRE
Bastaría una orden administrativa.
Un inventario de estructuras en desuso.
Un dictamen de riesgo y accesibilidad.
Un acuerdo con la empresa concesionaria para su retiro.
Un programa de limpieza de imagen urbana en zona histórica.
Todo está previsto en la normativa. Todo es posible. Todo es técnicamente sencillo.
Pero cuando el gobierno carece de brújula ética, incluso lo sencillo se vuelve imposible.
CIERRE
Las casetas telefónicas abandonadas no son sólo fierros viejos: son el retrato de una forma de gobernar. Permanecen ahí porque nadie asume el deber de retirarlas; porque la ciudad —como el ciudadano— ha sido enseñada a rodear los obstáculos en vez de exigir que desaparezcan.
Un Centro Histórico se cuida con pequeñas decisiones constantes, no con discursos. Pátzcuaro merece un gobierno que entienda que el patrimonio no es utilería política, ni paisaje para selfies, sino un compromiso con la memoria y con el futuro.
Mientras eso no ocurra, los obstáculos seguirán en las banquetas, y también en el gobierno.
UNESCOUNESCO MexicoInternational Council on Monuments and Sites (ICOMOS)Icomos Mx