Marco Aguilar
“Gracias por no olvidarte de nosotros”. La frase, repetida en distintos espacios, parece expresar cercanía. Pero en realidad revela algo más profundo: la transformación del derecho en gratitud, y de la función pública en gesto personal.
En una reciente publicación, el alcalde de Pátzcuaro presenta la entrega de apoyos -fertilizante subsidiado, láminas, tinacos, herramientas- no como parte de una política pública, sino como resultado de su cercanía con la gente. El énfasis no está en el programa, ni en su origen institucional, sino en la relación directa entre autoridad y beneficiario.
Ahí ocurre el desplazamiento.
Lo que son recursos públicos, financiados por la ciudadanía y en muchos casos provenientes de instancias federales, se reconfigura como si fueran una extensión de la voluntad personal del gobernante. No se informa: se capitaliza. No se explica: se personaliza.
El problema no es menor. Cuando el apoyo institucional se presenta como favor, se altera la lógica democrática. El ciudadano deja de ser sujeto de derechos y se convierte en receptor de gestos. Y el servidor público deja de ser responsable de una función para convertirse en intermediario de beneficios.
En ese tránsito, la gratitud sustituye a la exigencia.
Más aún, este tipo de narrativa no es neutral. Construye vínculos de lealtad que no pasan por la evaluación de políticas públicas, sino por la percepción de cercanía y cumplimiento personal. Es una forma sutil -pero efectiva- de trasladar lo público al terreno de lo político-electoral.
Decir “no les hemos fallado” no es rendir cuentas. Es apropiarse del resultado.
Conviene entonces recordar algo básico: ningún apoyo es un favor. Es una obligación del Estado.
Las comunidades no están condicionadas a la voluntad de una persona ni a la cercanía con una autoridad. No hay deuda que saldar por recibir lo que corresponde. Confundir eso es entrar en una lógica donde el derecho se negocia y la dignidad se condiciona.
Nada es gratuito. Todo forma parte de un sistema financiado por la propia sociedad.
Y cuando lo público se presenta como dádiva, lo que se erosiona no es sólo el discurso: es la relación misma entre gobierno y ciudadanía.
Los derechos no se agradecen, se ejercen.