Por Marco Aguilar
“Cuando el poder se vuelve relato, la verdad empieza a desaparecer”.
Hay formas de gobierno que no se explican en un solo hecho, sino en la repetición de muchos. No en lo que se dice una vez, sino en lo que se vuelve costumbre.
En Pátzcuaro, en los últimos meses, se ha hecho visible una forma de ejercer el poder donde la línea entre lo público y lo personal se vuelve difusa. No es un caso aislado. Es un patrón.
Se opina donde debería asumirse responsabilidad.
Se presenta como favor lo que es un derecho.
Se coloca a la figura por encima de la institución.
Se multiplica la acción, pero no siempre los resultados.
Se comunica, pero no necesariamente se transparenta.
Se convoca, pero no siempre se permite incidir.
Cada uno de estos elementos, por separado, podría parecer menor. En conjunto, configuran una forma de gobernar donde la narrativa sustituye a la estructura.
El problema no es de estilo, es de fondo.
Cuando lo público se administra como imagen, la rendición de cuentas se debilita. Cuando la acción no se sostiene en procesos claros, la gestión pierde eficacia. Cuando la participación no tiene efectos, la ciudadanía se distancia. Y cuando la transparencia no se ejerce, la confianza se erosiona.
Nada de esto es abstracto. Tiene consecuencias concretas en la vida cotidiana, en la calidad de los servicios, en el estado de los espacios públicos y en la relación entre gobierno y sociedad.
Por eso, más que señalar hechos aislados, conviene hacer una pausa y evaluar el conjunto.
¿Se están tomando decisiones con base en reglas claras?
¿Existen procesos verificables y continuidad en las acciones?
¿Se responde a la ciudadanía cuando pregunta?
¿La participación tiene efectos reales?
¿La información se comparte o se administra?
No se trata de una opinión. Se trata de criterios mínimos para valorar el ejercicio del gobierno.
La normalización de estas prácticas es el mayor riesgo. Porque lo que se repite sin cuestionarse, termina por aceptarse.
Romper esa inercia no depende sólo de quien gobierna, sino también de una ciudadanía que no pierda de vista sus derechos y exija el cumplimiento de las obligaciones públicas.
Gobernar no es narrar.
Es responder, garantizar y rendir cuentas.
Y cuando eso no ocurre, señalarlo no es confrontar: es participar.