Pátzcuaro: De la memoria al paisaje

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Marco Aguilar

DEL RECONOCIMIENTO DE UN PASADO EXCEPCIONAL A LA CONSTRUCCIÓN DE UNA POLÍTICA PARA UN TERRITORIO VIVO

¿Qué queremos que la UNESCO reconozca de Pátzcuaro?

La pregunta parece sencilla, pero quizá sea una de las más importantes que deberíamos hacernos antes de intentar nuevamente que Pátzcuaro forme parte del Patrimonio Mundial.

Porque antes de discutir una declaratoria debemos preguntarnos si hemos elegido correctamente aquello que queremos que el mundo reconozca.

Pátzcuaro fue inscrito en 2023 en la Lista Indicativa de México ante la UNESCO bajo la denominación “Pátzcuaro, Sitio de Memoria Humanística y Confluencia Cultural”, con los criterios (ii), (iv) y (vi). La propuesta identifica valores arquitectónicos, urbanos, históricos, sociales y culturales y reconoce, entre otras cosas, la función regional que Pátzcuaro desempeñó como centro de articulación y distribución de productos provenientes de la zona lacustre, la sierra y Tierra Caliente.

Posteriormente se presentó una nominación formal ante el Comité del Patrimonio Mundial. Esa nominación fue retirada en 2026 a solicitud del Estado Parte.

Pero Pátzcuaro permanece en la Lista Indicativa.

Y quizá ésta sea, más que una dificultad, una oportunidad.

Una oportunidad para detenernos antes de volver a presentar una nominación y preguntarnos si la categoría elegida expresa realmente la totalidad de aquello que hace excepcional a Pátzcuaro y al territorio con el que históricamente se encuentra vinculado.

Porque quizá hemos estado mirando el patrimonio desde la ciudad hacia afuera, cuando deberíamos comenzar a mirarlo desde el territorio hacia la ciudad.

MEMORIA, MONUMENTO Y PAISAJE

Una memoria habla de algo que sucedió y que una sociedad conserva, recuerda, interpreta y transmite.

Un conjunto de monumentos concentra valores históricos, arquitectónicos y urbanos.

Pero un Paisaje Cultural habla de algo distinto: de la relación histórica y viva entre una sociedad y el territorio que habita.

Y ahí aparece una pregunta inevitable:

¿No es precisamente esa relación la que hace excepcional a Pátzcuaro?

La propia concepción de Paisaje Cultural de UNESCO parte de la interacción entre naturaleza y ser humano y de las formas en que esa interacción ha producido territorios culturalmente significativos.

Esto nos obliga a ampliar la mirada.

Pátzcuaro no es solamente una ciudad histórica.

No es solamente una colección extraordinaria de templos, plazas y edificios.

No es solamente memoria.

Es el resultado de una relación prolongada entre agua, territorio, naturaleza, comunidades, arquitectura, producción, intercambio, ritualidad, conocimiento, memoria e identidad.

PÁTZCUARO NO ES UNA ISLA PATRIMONIAL

Sus monumentos no aparecieron aislados.

Su arquitectura no puede separarse del territorio que la hizo posible.

Sus plazas no pueden separarse de las fiestas que las ocupan.

Sus templos no pueden separarse de las comunidades que les otorgan significado.

Sus tradiciones no pueden separarse de los caminos que recorren, de los lugares donde se celebran y de las generaciones que las transmiten.

Y el lago no puede comprenderse separado de las comunidades que durante siglos construyeron con él una relación económica, alimentaria, cultural y espiritual.

Eso es paisaje.

La cuenca del lago de Pátzcuaro constituye, en este sentido, un soporte territorial y ecológico fundamental. Y alrededor de ella existe un ámbito de relaciones históricas, productivas y culturales que puede estudiarse como una región cultural, sin confundir esta noción con los límites estrictamente hidrológicos de la cuenca.

La diferencia es importante.

La cuenca proporciona el soporte ecológico y territorial.

La región cultural permite estudiar las relaciones humanas que históricamente la desbordan.

Y antes de dibujar una nueva delimitación patrimonial, habría que estudiar precisamente esas relaciones.

EL PAISAJE COMIENZA EN EL AGUA

Existe un antecedente que no podemos ignorar.

Los Humedales del Lago de Pátzcuaro están inscritos desde 2005 como Sitio Ramsar número 1447, con una superficie designada de 707 hectáreas. Ramsar reconoce en este espacio la riqueza biológica del lago, su importancia para las comunidades p’urhépechas y su relación histórica con actividades como la pesca. También registra especies endémicas y amenazadas, entre ellas el pescado blanco y el ajolote de Pátzcuaro.

Esto es mucho más que una declaratoria ambiental.

Porque el agua no es solamente paisaje.

Es alimento.

Es economía.

Es transporte.

Es memoria.

Es trabajo.

Es cultura.

El pescado blanco no es simplemente una especie endémica del lago: forma parte de una cultura pesquera y de una economía tradicional. La documentación Ramsar registra la importancia de la pesca y señala al pescado blanco entre las especies aprovechadas por las comunidades.

El ajolote de Pátzcuaro, por su parte, representa una expresión extraordinaria de la biodiversidad endémica del lago y una especie amenazada a escala global.

Por eso, cuando hablamos de conservar el paisaje, no hablamos únicamente de conservar aquello que vemos.

Hablamos de conservar los sistemas naturales que permiten que la vida cultural continúe existiendo.

Y esto adquiere una dimensión urgente cuando el deterioro ambiental del lago afecta simultáneamente a la biodiversidad, la pesca y las formas de vida de sus comunidades. Ramsar ya identificaba problemas como eutrofización, sedimentación, aguas residuales, sobrepesca y especies invasoras.

Un paisaje cultural que pierde su agua pierde mucho más que agua.

Pierde parte de sí mismo.

LA PROFUNDIDAD DEL TIEMPO

Pero el paisaje no comienza con la colonia.

Antes de Vasco de Quiroga ya existía aquí una sociedad con territorio, organización, conocimientos, producción, intercambio y formas propias de relación con la naturaleza.

La cuenca conserva un extraordinario conjunto de testimonios arqueológicos que permite estudiar distintas etapas de ocupación y transformación cultural del territorio.

Pátzcuaro, Ihuatzio y Tzintzuntzan constituyen referencias fundamentales para comprender la historia prehispánica de la región.

La ciudad que conocemos no apareció sobre un territorio vacío.

Se asentó sobre un territorio culturalmente construido durante siglos.

Por ello, una eventual lectura como Paisaje Cultural tendría que estudiar la continuidad y transformación de ese territorio, y no únicamente los monumentos que posteriormente se construyeron sobre él.

LOS OFICIOS: PRODUCIR PARA VIVIR

Aquí aparece otra dimensión que considero fundamental.

Desde tiempos prehispánicos existieron formas de producción, especialización, intercambio y aprovechamiento de los recursos del territorio.

Los oficios no eran simples actividades artesanales.

Eran parte de una economía.

Eran conocimiento.

Eran identidad.

Eran transmisión entre generaciones.

Con la llegada de Vasco de Quiroga se produjeron nuevas formas de organización, especialización e intercambio de los oficios y de las comunidades, dentro de una visión social y económica que buscaba articular producción, trabajo y vida comunitaria.

La propia documentación de la Lista Indicativa reconoce la función regional de Pátzcuaro como centro de articulación y comercialización de productos provenientes de distintas zonas, así como la importancia estratégica que Vasco de Quiroga otorgó a Pátzcuaro por su posición respecto de la zona lacustre y la comercialización de productos agrícolas y pesqueros.

Por eso, hablar hoy de Paisaje Cultural debería llevarnos también a recuperar una pregunta que hemos olvidado:

¿Qué produce la cuenca y qué necesitan producir sus comunidades para vivir dignamente de ella?

UNA ECONOMÍA DEL TERRITORIO ANTES QUE UNA ECONOMÍA DEL VISITANTE

Durante demasiado tiempo hemos pensado el desarrollo de Pátzcuaro desde la perspectiva de quien llega y no desde la de quien permanece.

El turismo se ha convertido progresivamente en la gran respuesta para casi todo.

Pero un territorio no puede vivir solamente de ser observado.

Una comunidad necesita alimentarse, producir, intercambiar, comerciar, habitar y transmitir sus conocimientos.

Necesita satisfacer sus necesidades básicas.

Necesita obtener un ingreso digno por aquello que produce.

Necesita que sus productos puedan circular dentro de la propia cuenca y también hacia mercados exteriores.

Necesita que sus oficios tengan futuro.

Necesita que sus jóvenes encuentren razones para permanecer.

Por eso, quizá debamos comenzar a pensar en una economía basada en la producción y el intercambio de la cuenca, y no en una economía subordinada casi exclusivamente al visitante.

Pesca.

Agricultura.

Artesanía.

Textiles.

Madera.

Fibras.

Gastronomía.

Conocimientos.

Servicios.

Productos locales.

Intercambio entre comunidades.

Comercio regional.

Todo ello forma parte de una economía territorial que podría fortalecerse sin destruir aquello que le da sentido.

El patrimonio no debe convertirse en aquello de lo que vive el turismo; debe ser aquello que permite vivir dignamente a quienes lo han conservado.

El turismo puede formar parte de esa economía.

Pero no debería ser su único fundamento.

EL PATRIMONIO VIVO

Y aquí aparece una de las mayores fortalezas con las que ya cuenta Michoacán.

UNESCO reconoce en su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad la Pirekua, la cocina tradicional mexicana -cultura comunitaria, ancestral y viva, cuyo paradigma es Michoacán- y las fiestas indígenas dedicadas a los muertos, entre otras expresiones.

No son reconocimientos aislados.

Son piezas de una misma historia.

Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos, por ejemplo, no son únicamente una ceremonia. UNESCO reconoce en ellas una compleja relación entre ritualidad, comunidad, memoria, territorio y continuidad cultural.

La cocina tradicional tampoco es solamente gastronomía.

Es agricultura.

Es conocimiento.

Es semilla.

Es territorio.

Es ritual.

Es trabajo comunitario.

Es transmisión.

Es alimentación.

Y la Pirekua no es solamente música.

Es lengua, memoria, identidad y comunidad.

Todo ello ocurre en lugares concretos.

No existe patrimonio inmaterial sin territorio que lo sostenga.

LAS FIESTAS CONSTRUYEN PAISAJE

Una fiesta tradicional es quizá una de las expresiones más claras de un paisaje cultural.

Porque en ella aparecen simultáneamente el territorio, la comunidad, la arquitectura, la música, la gastronomía, la vestimenta, la memoria y la tradición.

Una comunidad ocupa una plaza.

Recorre un camino.

Entra en un templo.

Cocina.

Canta.

Baila.

Ora.

Recuerda.

Transmite.

Incluso las celebraciones contemporáneas, como el desfile conmemorativo del aniversario de Pátzcuaro, pueden ser estudiadas como expresiones de una identidad que no solamente se conserva, sino que continúa construyéndose.

Esto es importante.

Un paisaje cultural vivo no es una fotografía congelada.

Es una construcción permanente.

UNA COMUNIDAD VIVA ES EL PRIMER PATRIMONIO

Aquí llegamos quizá al punto más importante.

Una declaratoria no puede conservar por sí sola una cultura.

Una comunidad sí.

Por eso, un Paisaje Cultural tendría que procurar un desarrollo integral entre lo social, lo económico, los inmuebles relevantes, el paisaje histórico y cultural y el contexto ecológico que los sustenta.

No podemos pedir a las comunidades que conserven sus tradiciones mientras destruimos las condiciones económicas que permiten transmitirlas.

No podemos pedir que preserven sus oficios si éstos ya no permiten vivir dignamente.

No podemos proteger el paisaje mientras deterioramos el agua que sostiene la pesca.

No podemos conservar la arquitectura mientras expulsamos a quienes históricamente han habitado los espacios.

Y no podemos convertir la cultura en espectáculo y después afirmar que hemos conservado su autenticidad.

El patrimonio vivo necesita comunidades vivas.

EL TURISMO COMO CONSECUENCIA, NO COMO SUSTITUTO

Quizá aquí debamos cambiar radicalmente nuestra manera de entender el turismo.

Una comunidad que está bien consigo misma atrae naturalmente.

No necesita representar permanentemente una identidad para el visitante porque la vive cotidianamente.

Sus fiestas no necesitan convertirse en espectáculos.

Sus oficios no necesitan reducirse a souvenirs.

Su gastronomía no necesita transformarse para satisfacer exclusivamente al turista.

Su arquitectura no necesita convertirse en escenario.

El visitante llega porque existe una vida que vale la pena conocer.

El turismo debería ser consecuencia del reconocimiento del valor cultural del territorio y una herramienta para su conservación, no la razón por la cual se transforma el territorio.

Una economía sana del paisaje debería permitir que el visitante llegue a encontrarse con una cultura que se sostiene a sí misma, no con una cultura que necesita del visitante para sobrevivir.

DEL PAISAJE A LA POLÍTICA TERRITORIAL

Y aquí la discusión deja de ser solamente patrimonial.

Porque un Paisaje Cultural no se administra únicamente conservando edificios.

Se administra el territorio.

Eso significa hablar de agua.

De suelo.

De vivienda.

De agricultura.

De pesca.

De biodiversidad.

De arqueología.

De arquitectura.

De movilidad.

De comercio.

De producción.

De turismo.

De infraestructura.

De economía.

Y, sobre todo, de las comunidades que habitan ese territorio.

Por eso, la pregunta ya no puede ser únicamente:

¿Qué dependencia administra qué cosa?

La pregunta debería ser:

¿Cómo administramos juntos el territorio que todas esas cosas comparten?

Ésa es una cuestión de política y administración territorial.

Y quizá ésta sea la mayor aportación que podría producir una eventual candidatura como Paisaje Cultural: no solamente obtener una inscripción internacional, sino obligarnos a construir una forma diferente de comprender, proteger y gobernar el territorio.

GOBERNAR EL PAISAJE

Esto requiere una nueva forma de gobernanza.

Comunidades.

Municipios.

Estado.

Federación.

Instituciones culturales.

Instituciones ambientales.

Academia.

Productores.

Artesanos.

Pescadores.

Prestadores de servicios.

Sociedad civil.

Todos tienen una parte del territorio, pero nadie posee por sí solo la totalidad de su significado.

La gestión tendría que construirse con las comunidades y no únicamente para ellas.

Preguntarles:

¿Qué lugares consideran propios?

¿Qué paisajes reconocen como suyos?

¿Qué tradiciones quieren conservar?

¿Qué conocimientos están en riesgo?

¿Qué producen?

¿Qué necesitan?

¿Cómo quieren desarrollarse?

Y, sobre todo:

¿Qué quieren que el mundo reconozca como propio de su cultura?

NO DECLARAR PRIMERO: COMPRENDER PRIMERO

Naturalmente, una eventual candidatura como Paisaje Cultural sería más compleja.

Exigiría investigación.

Exigiría tiempo.

Exigiría participación.

Exigiría una delimitación rigurosa.

Exigiría identificar atributos, valores, amenazas, sistemas de protección y mecanismos de gestión.

Exigiría demostrar el Valor Universal Excepcional.

Y exigiría determinar qué instrumentos de planeación y gestión son necesarios.

Pero quizá esa complejidad sea precisamente su virtud.

Porque el objetivo no debería ser conseguir rápidamente una declaratoria.

El objetivo debería ser construir las condiciones para que la declaratoria tenga sentido.

Y antes de volver a presentar una nominación, sería razonable estudiar las posibilidades de asesoramiento temprano previstas por el sistema del Patrimonio Mundial, así como determinar técnicamente cuál sería la ruta procedimental correspondiente.

No se trata de comenzar necesariamente desde cero.

Se trata de aprender de lo realizado y construir sobre ello algo más sólido.

DE LA MEMORIA AL PAISAJE

La propuesta de Pátzcuaro como Sitio de Memoria Humanística y Confluencia Cultural permitió reconocer valores reales y profundos.

Pero quizá ahora debamos hacernos una pregunta más amplia.

La memoria explica una parte de Pátzcuaro.

Los monumentos explican otra.

La arquitectura explica otra.

La arqueología explica otra.

Las fiestas explican otra.

La naturaleza explica otra.

La economía tradicional explica otra.

Pero el paisaje explica la relación entre todas ellas.

Y quizá ahí esté la posibilidad de una nueva mirada.

No se trata de decir que Paisaje Cultural sea automáticamente la categoría correcta.

Se trata de pedir que sea estudiada seriamente.

Que se compare.

Que se discuta.

Que especialistas, instituciones, academia y comunidades determinen si esta categoría permite expresar mejor aquello que hace excepcional a Pátzcuaro.

Porque Pátzcuaro no es una suma de monumentos.

No es solamente memoria.

No es solamente una ciudad histórica.

Es un territorio culturalmente construido.

Y ese territorio todavía está vivo.

UNA OPORTUNIDAD PARA PÁTZCUARO

Pátzcuaro posee monumentos.

Posee memoria.

Posee arquitectura.

Posee arqueología.

Posee agua.

Posee biodiversidad.

Posee comunidades.

Posee oficios.

Posee producción.

Posee tradiciones.

Posee fiestas.

Posee música.

Posee gastronomía.

Posee una historia extraordinaria de intercambio y construcción cultural.

Pero quizá su mayor riqueza no esté en ninguno de estos elementos por separado, sino en la relación que durante siglos los ha mantenido unidos.

Por eso considero que la permanencia de Pátzcuaro en la Lista Indicativa, después de la retirada de la nominación presentada en 2026, debe ser entendida como una oportunidad para volver a pensar.

No para descalificar lo realizado.

No para comenzar de cero.

No para sustituir el trabajo de las instituciones.

Sino para formular una pregunta nueva:

¿Puede Pátzcuaro ser comprendido y presentado ante el mundo de una manera más completa como Paisaje Cultural?

Y si la respuesta técnica fuera afirmativa, entonces habría que dar un paso todavía más importante:

¿Estamos preparados para administrar ese paisaje como un territorio vivo?

Porque una declaratoria internacional puede reconocer un territorio.

Pero solamente una buena política territorial puede mantenerlo vivo.

Y QUIZÁ ÉSTA SEA LA VERDADERA PREGUNTA

No deberíamos preguntarnos solamente:

¿Qué Pátzcuaro queremos que reconozca la UNESCO?

Deberíamos preguntarnos:

¿Qué Pátzcuaro estamos dispuestos a construir para que ese reconocimiento tenga sentido?

Una comunidad que produce.

Una comunidad que intercambia.

Una comunidad que conserva sus oficios.

Una comunidad que protege su agua.

Una comunidad que mantiene sus fiestas.

Una comunidad que alimenta a sus familias.

Una comunidad que puede vivir dignamente de su territorio.

Una comunidad que recibe al visitante sin depender de él.

Una comunidad que conoce el valor de aquello que heredó y participa en decidir qué quiere transmitir.

Porque quizá el verdadero Valor Universal Excepcional de Pátzcuaro no se encuentre solamente en lo que permanece de su pasado.

Quizá se encuentre en la capacidad de una sociedad para mantener viva, transformar y transmitir la relación que durante siglos ha construido con su territorio.

De la memoria al paisaje.

Del paisaje al territorio.

Del territorio a la comunidad.

Y de la comunidad a una nueva forma de gobernarlo.

Porque Pátzcuaro no necesita que el mundo reconozca solamente lo que fue.

Necesita que nosotros comprendamos, primero, aquello que todavía es.

Y quizá sea justamente ahí donde comience, de verdad, el camino hacia el Patrimonio Mundial.

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